Opinión | Comentarios al paso
El padre que tuvimos
Tendemos a creer, con mayor o menor fundamento, que la ausencia del padre fue una constante en nuestras vidas, sobre todo las de aquellos que nacimos en las dos o tres primeras décadas de la dictadura. O están en el tajo, o en el chigre, o lejos, emigrados en pos del dinero, o fenecen demasiado pronto, o sencillamente no tienen ganas de volver a casa. El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov, en un gozoso libro, “El jardinero y la muerte” (Impedimenta, 2025), donde narra todo el cúmulo de sensaciones y remembranzas que se agolpan al fallecer su propio padre, formula una pregunta inquietante: “¿Acaso la ausencia no es una característica de los padres en toda la cultura universal?”. Y se detiene en un ejemplo que conocemos a la perfección. “En el cristianismo la composición icónica es, evidentemente, la Madre con el Niño. Casi no veréis a José, el padre terrenal, con el bebé Jesús en brazos. El Padre con el Niño casi no existe. […] El justo José aparece tan pocas veces en los cuatro evangelios que podría pasar del todo inadvertido, a diferencia de la omnipresente María. En Mateo lo vemos sobre todo como recadero siguiendo las órdenes del ángel que se le ha aparecido en sueños: acoge a esta mujer, no la repudies, tomad al niño, ahora id a tal y a tal sitio. Al evangelio no le interesa demasiado cómo se siente José, cómo llega a acostumbrarse a la idea de la Virgen María encinta. […] En Lucas, a José se lo menciona todavía menos. En la mayoría de las imágenes su presencia no supera la del asno y el buey junto al pesebre, está allí al fondo, pensativo. Más tarde, cuando Jesús tiene unos doce años, el padre desaparece por completo, probablemente muere (no sin antes haberle enseñado el oficio de carpintero, que, de todos modos, no le servirá de mucho). José no es testigo del vertiginoso camino de su hijo, no sentirá orgullo al ver a todos los discípulos que le siguen, no está allí en el momento crucial, el de la crucifixión, no llora a la muerte de su hijo ni este se le aparece en sueños para anunciar su resurrección, salvo en varios apócrifos donde esto sí ocurre, pero los apócrifos siempre son más misericordiosos que los textos canónicos. No hay sitio para dos padres en el canon. Y el bueno de José se ha resignado a ello”.
Puede que no anduviera descaminado aquel amigo del escritor búlgaro cuando le bromeaba diciendo que el padre aparece solo fugazmente porque se dedica a beber, jugar a las cartas o contar chistes.
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