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Opinión | Comentarios al paso

Ni orgullo ni perdón

Ni las envidiosas e insidiosas acusaciones que constan en la leyenda negra que propalaron nuestros continentales enemigos, ni la España una, que nunca fue sino plural, ni grande sino más bien mezquina, ni mucho menos libre como nos contaban las enciclopedias de las escuelas franquistas. A estas alturas de la historia, bien conocemos que Pelayo no abanderó ninguna epopeya reconquistadora, ni el Cid un campeador sino mercenario de reyezuelos de taifas de la España musulmana o de coronas y baronías de otros reinos católicos. Ni Hernán Cortés factótum de la mayor gesta de nuestro imperio. A estas alturas sabemos que esa manida expresión de “lado correcto de la historia” responde a un constructo social o político interesado que conviene someter a escrutinio crítico permanente.

Mucho caso no habrá que hacer al buenismo estúpido del que fuera presidente de México López Obrador cuando afirma que las poblaciones indígenas “tenían nobleza espiritual y no conocían más que la fraternidad”; o que “no conocían el apego al dinero, la explotación y el egoísmo”; o que “la honestidad era un distintivo de los antiguos pobladores y se ha conservado como forma de vida en la sociedad mexicana”. Una visión bobalicona que tampoco se basa en hechos históricos sino en la ficción precisamente eurocéntrica del “buen salvaje”; aunque no quepa ya la menor duda respecto a la brutalidad destructora del colonialismo occidental sobre las sociedades originarias en cualquier parte del mundo y en cualquier época. El historiador estadounidense Greg Grandin aporta un dato escalofriante al resumir lo ocurrido durante la conquista y las primeras décadas de la colonización de América: “Entonces empezaron a morir. La opinión generalizada es que la población se redujo entre un 85% y un 95% en el plazo de un siglo y medio. La conquista española impulsada a un ritmo implacable por el Reino de Castilla en plena consolidación inauguró lo que los demógrafos Alexander Koch, Chris Brierley, Mark Maslin y Simon Lewis denominan el mayor episodio de mortalidad humana de la historia en proporción a la población mundial, con una disminución de más de 56 millones de personas en 1600”. En opinión de Tzvetan Todorov, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008, “el mayor genocidio de la historia de la humanidad”.

A la vista de esta y otras conclusiones documentadas por buen número de historiadores, tal vez la palabra perdón no sea la adecuada por la inmensidad de tiempo que separa la España imperial del siglo XVI de la democracia constitucional del siglo XXI, pero parece claro que no estamos para sacar pecho como ciertos ignorantes trasnochados proponen con chulería y exhiben con fanfarria sonora (o canora).

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