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Reflejos

En estos días de éxtasis de espiritualidad, toca hacer una petición de perdón. Durante años he confundido la sencillez de las cosas con la simplificación de la realidad que nos rodea.

Siempre he señalado a nuestros representantes públicos como parte del problema. Su mirada cortoplacista, condicionada por la victoria en las siguientes elecciones; poco alimentada por la escucha a quienes trabajan por potenciar el desarrollo de nuestra sociedad; y desprovista de la eficiencia básica para aprovechar todos los recursos que nos rodean a la hora de proponer soluciones; parecía ser la madre de todos los males.

Poco atinado mi diagnóstico.

Quizá nuestros representantes públicos no son tanto la causa como el reflejo. Un espejo imperfecto de una sociedad que cada vez tolera peor la complejidad.

La sencillez de la vida rara vez descansa sobre soluciones simples. Al contrario. Vivir con dignidad, acceder a una vivienda, cuidar nuestro sistema público de salud, educar en entornos seguros o convivir con quien piensa diferente son logros que descansan sobre mecanismos complejos. Requieren planificación, diálogo, renuncias y acuerdos. Requieren tiempo.

Sin embargo, hemos terminado confundiendo sencillez con simpleza. La primera humaniza; la segunda empobrece. La primera busca comprender; la segunda busca señalar. La primera acepta matices; la segunda exige culpables.

Por todo esto resulta tan difícil abordar los problemas que verdaderamente condicionan nuestras vidas. Ahí está la vivienda. Mientras miles de personas contemplan con angustia cómo acceder a un hogar se convierte en una carrera de obstáculos, el debate público parece concentrarse en determinar quién tiene razón, quién presenta la cifra correcta o quién debe asumir la culpa. Ayuntamiento y Principado intercambian reproches. Unos exhiben datos. Otros responden con más datos. Y entre tanto ruido, la pregunta esencial queda relegada: ¿qué hacemos para que la gente pueda vivir?

Resolverlo exige precisamente aquello que cada vez soportamos peor: tiempo, coordinación, acuerdos y la aceptación de que nadie posee una solución completa.

La vivienda no entiende de competencias administrativas. Tampoco espera a que termine la siguiente rueda de prensa. Su urgencia es la de quien no encuentra alquiler, la de quien destina media nómina a pagar un techo o la de quien ve cómo formar un proyecto de vida se convierte en un privilegio.

Pero la complejidad no cabe en un titular. Y los problemas reales rara vez admiten recetas instantáneas. Quizá por eso preferimos la comodidad de los eslóganes. Los argumentos que nos consuelan porque señalan a otros como culpables. La comodidad de quien critica frente a la incertidumbre de quien intenta construir. El titular, el exabrupto populista o la conversación con quien piensa como uno son algunos de los mejores placebos para seguir como estamos.

Tal vez por eso nuestros representantes se parecen tanto a nosotros.

No dejamos de ser reflejos.

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