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Maribel Lugilde

Maribel Lugilde

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo

Trenzas

En pie ya la décima edición de la Feria del Libro de Xixón (FeLiX), cada cual dibujará sobre el programa su particular línea de puntos. La mía pasa por tres mujeres; por orden de aparición, de hoy al sábado: Sara Barquinero, Lucía Sobral y Nevenka Fernández. Esta última sobradamente conocida, las otras dos comparativamente menos. El hilo conector son sus relatos, ora biográficos, ora ficciones sobre realidades tangibles, que nos hablan de una conocida ecuación tóxica: mujeres al borde de la destrucción por relaciones con hombres mayores y en situación de poder -político, económico, académico- cuya conducta hacia ellas es por momentos de código penal. En resumen: de Nevenka hasta hoy, continúa pasando.

Claro que, ya dispuesta, traería también a colación a la investigadora Remedios Zafra, presente el sábado en la FeLiX, y a la Premio Princesa de Asturias de la Concordia, la astronauta Christina Koch, por la que habrá que esperar a octubre. Estoy segura de que ambas podrían ofrecer lecciones magistrales sobre el aterrizaje y conquista del espacio propio en entornos de máximo prestigio -el investigador, el aeronáutico- construidos desde y con dinámicas masculinas.

Fíjense que el próximo viaje a la Luna, el Artemis III anunciado por la NASA, estará protagonizado íntegramente por astronautas hombres. No les faltará mérito, eso seguro, pero su designación responde a una vieja ecuación: llegan mayoritariamente ellos al final de la carrera y también a los órganos de decisión sobre la misma. Suena endogámico, ¿verdad? Y no por falta de talento, sueños y voluntad de ellas, obvio. De hecho, vino bien ir dejándolas entrar; eso sí, en posiciones secundarias, e invisibilizadas hasta la descarada apropiación de logros. Hoy están, pero su camino sigue minado por obstáculos de trazo fino o grueso. El Premio Princesa lo demuestra: ser mujer en ciertos entornos es un hito. Eso duele.

Pero volvamos a nuestra tríada inicial, cuyos relatos recomiendo encarecidamente a jóvenes y mayores, ellos y ellas, porque difícilmente escenas de sus historias nos resulten ajenas. Episodios vividos en carne propia, presenciados o intuidos aquí o allá, que unidos exhiben la maquinaria destructiva de ciertas relaciones desiguales: el poderoso la vampiriza hasta convertirla en un chasis extenuado que, encima, no quiere soltar.

Tan desconcertante como el propio proceso es su impunidad. El abusón se siente legitimado en su dominación disfrazada de amor. La víctima, embargada por estupor, decepción, vergüenza y miedo, sucumbe o consigue huir. Él se enrabieta, pero empieza a ojear otras posibles. Lo dicho, es imperativo mirarse en el espejo de estas obras. Por si acaso.

Mientras tanto, ya sabemos que desde el Artemis III no habrá una Koch con su trenza ingrávida observando la Tierra. Volverá a quedarse en superficie la sabiduría del trenzar, que es también, menos mal, la de la supervivencia.

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