Opinión
Democratización del riesgo
Piensen en una persona en situación de pobreza. Seguro que en muchas de sus cabezas se agolpan imágenes tópicas y típicas que todavía parecen resonar en nuestra realidad. La pobreza y la exclusión siguen siendo, para muchos, algo ajeno a nuestro estatus y a nuestro entorno más próximo. Nos resulta más sencillo encuadrarlo en algo que llega de lugares lejanos, algo que viven quienes no han sido suficientemente fuertes o quienes, equivocadamente pensamos, han hecho algo para merecerlo.
Y ante esto no somos tan inmunes como nos gusta creer. Es una visión más extendida de lo que parece y aflora con frecuencia en conversaciones cotidianas, comentarios o juicios apresurados. Todavía recuerdo la negación de muchas situaciones de necesidad durante la pandemia. Desde distintos ámbitos se insistía en que todo estaba controlado y que quienes alertaban de dificultades crecientes exageraban. La realidad fue otra. De las al menos 5.000 personas que sufrieron problemas de acceso a la alimentación en nuestra ciudad en aquellos meses, alrededor de 2.500 no estaban siquiera en el radar de los servicios sociales. Una necesidad que se cubrió gracias a una inmensa red de profesionales, entidades sociales y voluntariado que sostuvo a cientos de familias cada día.
Lo ocurrido durante la pandemia no fue una excepción pasajera. Esta semana, la memoria de servicios sociales de nuestra ciudad vuelve a mostrar una realidad similar. Aumentan tanto las atenciones realizadas como las personas que atraviesan situaciones complejas. Pero hay algo especialmente relevante detrás de esos datos: no existe un único perfil que represente esa realidad.
El encarecimiento de la vivienda, de la energía y de los productos básicos ha hecho cada vez más frágil la frontera que separa la estabilidad de la vulnerabilidad. La llamada democratización del riesgo lleva años entre nosotros, aunque quizá nunca había sido tan visible como ahora. Personas mayores con pensiones insuficientes, familias sostenidas por un solo adulto, trabajadores con empleos precarios, hogares con ingresos aparentemente normales que destinan una parte desproporcionada de sus recursos a pagar un alquiler o una hipoteca.
La exclusión ya no puede entenderse únicamente como una situación permanente que afecta a colectivos muy concretos. Cada vez más personas viven en un equilibrio inestable donde una enfermedad, una separación, la pérdida de un empleo o una subida inesperada de gastos pueden alterar por completo su proyecto de vida.
Tal vez el mayor error sea seguir observando la pobreza como si perteneciera a una categoría humana distinta a la nuestra. Los datos, las historias y la vida cotidiana llevan años desmintiendo esa idea. La realidad es bastante más incómoda: la vulnerabilidad no entiende de etiquetas y la exclusión rara vez responde a los estereotipos con los que intentamos simplificarla. Por desgracia, la realidad siempre es más compleja que nuestros prejuicios.
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