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A lo mejor…

“A lo mejor…” Pocas expresiones abren con tanta facilidad la puerta al ruido. No afirmamos ni aportamos datos. Solo dejamos caer una sospecha, un comentario escuchado en algún lugar indeterminado. Ahí empieza todo.

Lo curioso del rumor es que pocas veces nace con vocación de verdad. Nace, más bien, con vocación de encajar. Encajar en lo que ya pensamos, en lo que tememos, en lo que queremos creer. Por eso viaja tan rápido. No necesita demasiadas pruebas. Le basta con encontrar una cabeza que, al escucharlo, no se pregunte “¿será cierto?”, sino que respire satisfecha: “lo sabía”.

Tendemos a aceptar y compartir aquello que confirma nuestras ideas previas. No escuchamos para comprender, sino para reafirmarnos. No conversamos para abrir grietas en nuestras certezas, sino para blindarlas. Y así vamos construyendo una sociedad donde cada cual busca a los suyos para que le devuelvan, intacta, la opinión que ya traía de casa.

El rumor funciona de maravilla en ese ecosistema. No exige esfuerzo. No nos obliga a acudir a una fuente, a contrastar un dato o a escuchar. Cuanto más lejos esté de la fuente, mejor se adapta a nuestras necesidades. La realidad tiene la mala costumbre de ser compleja, llena de matices e incómoda. El rumor, en cambio, es sencillo, manejable y emocionalmente rentable.

Hace unos años entrevisté a Juan Cruz. Hablábamos de periodismo, mentira y democracia. En un momento dijo algo que se me quedó grabado: “La mentira, según quien la diga, es una información”. No porque la mentira deba ser respetada como verdad, sino porque también informa de algo: de quien la emite, de para qué la emite, de qué quiere provocar y de cómo pretende desligarnos de los hechos.

Por eso deberíamos prestar más atención a los rumores. No para darles pábulo, sino para preguntarnos qué miedo esconden. El rumor rara vez camina solo. Suele ir agarrado del brazo del miedo. Miedo a perder lo que tenemos. Miedo a quien llega, a quien piensa distinto, a quien no encaja en nuestra idea ordenada del mundo.

El miedo simplifica, señala y necesita culpables. Cuando una sociedad tiene miedo, el rumor se convierte en una herramienta perfecta para poner rostro a sus angustias. Ya no hablamos de vivienda, hablamos de okupas. Ya no hablamos de convivencia, hablamos de invasión. Ya no hablamos de derechos, hablamos de privilegios.

El reto de nuestro tiempo no es tener más información, es recuperar la voluntad de acercarnos a los hechos, aunque no nos den la razón. Atrevernos a escuchar aquello que incomoda nuestras creencias. No se trata de vivir ingenuamente. Se trata de vivir responsablemente. Cada vez que compartimos un rumor, cada vez que convertimos un “a lo mejor” en una certeza, ponemos una piedra en el muro que nos separa de los demás.

Y ya tenemos demasiados muros.

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