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Opinión | Comentarios al paso

Concurso literario

Conviértase en jurado, si le peta, y elija su microrrelato preferido.

Cárcel

Esa noche no podía dormir por muchas vueltas que pegara. Optó por abrirle al perro la puerta del dormitorio. Más que agradecido, se ovilló a sus pies en el lecho. Le alargó la mano derecha. Le rascó la cabeza. El chucho se aquietó del todo. Ella sentía los ojos reventados por el llanto y un desmadejamiento inercial. Abandonada. Rendida. Durante aquella vigilia interminable descubrió las dos imágenes, las dos caras de la soledad más densa: la suya propia con el perro acurrucado a la vera y la primera noche, esa, de su único hijo tirado en el catre de un presidio.

Rebeca y el marido

Rebeca lo sentó en el sillón de la sala de estar, frente al televisor. Su marido olía rico: una mezcla sabrosona de crema de afeitar, masaje facial y colonia. Antes de ocuparse del fregoteo de los cacharros y del repaso de la cocina, se agachó ante él, le pasó los brazos por el cuello y le dio en la boca un beso suave y prolongado. No era un beso de despedida, sino un recordatorio cotidiano de toda una vida en común, un beso contra el olvido. Eso, de mano y de consuno, pretendía Rebeca. Al salir por la puerta del salón, le escuchó exclamar: “¡Qué dulces me saben siempre tus besos, Amador!”.

Hace calor en agosto

Hace calor en agosto. Los dos viejos mantienen las ventanas abiertas mientras se acuestan. Solo luce la lámpara de la mesita de noche. Por los gestos de las manos del viejo, recostado ya, parece que algo comenta. La vieja deambula por la habitación atareando trapos de un lado para otro con movimientos lentos. Por el giro de su cabeza, parece que algo contesta. La vieja se tumba al lado del viejo y apaga la luz de la candela con la mano derecha. Despacio. No bajan la persiana del todo hoy, ni cierran del todo la ventana hoy. Hace calor en agosto. La parsimonia, la flema, ya invisibles, del cuarto oscuro, espantan todo rebato por morir o por vivir.

El granizo

El granizo irrumpe en cualquier momento como un visitante inesperado con maneras intempestivas. Golpea insistentemente puertas y ventanales. El administrador de la finca, perplejo, no sabe si abrir de par en par el caserón o esconderse debajo de la cama. El granizo provoca por sorpresa la risa tonta del miedo, la zozobra atónita del niño intimidado, el pasmo de la floresta, el espanto de las hortalizas, la ruina del hortelano. El granizo, el más chulesco y aparatoso de los fenómenos naturales, sería pura nimiedad, insignificante artificio pretencioso si no se hiciera escoltar por falanges de truenos y centellas.

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