15 de octubre de 2019
15.10.2019
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El riesgo de los niños "burbuja"

La sobreprotección infantil, según los psicólogos, puede derivar en hijos inseguros, intolerantes a la frustración, rebeldes y con baja autoestima

16.10.2019 | 14:25
Unos padres con su hija, a la orilla del mar.

Son muchos los padres y madres que desean que se pare el tiempo y que sus hijos dejen de crecer. Aunque la gran mayoría asume que el tiempo también pasa para sus vástagos, otros intentan evitarlo, ejerciendo sobre sus hijos e hijas una sobreprotección que para nada les favorece. Aunque el instinto de salvaguarda es algo innato a la maternidad, todo tiene sus límites.

Como causas de esta sobreprotección, los expertos apuntan en primer lugar a motivos demográficos y sociológicos. Hace algunas décadas, las expectativas de los padres sobre los hijos eran más bien modestas: había que rendir en la escuela y saber comportarse para llegar a ser una persona decente, mientras que ahora las familias son más pequeñas y los padres tienen más dinero y más atención que dedicar a cada hijo. Además, llegan más tarde a la paternidad y eso hace que importen a su estilo de crianza ciertos hábitos profesionales, como si la infancia fuese algo que hay que gestionar.

Los psicólogos y profesionales del ámbito educativo y psicosocial notan un cambio en el perfil de los padres y madres de hoy en día. En general, éstos están más ocupados y el poco tiempo que pasan con su descendencia quieren dedicarlo a "hacerles felices". O bien están demasiado cansados para decir "no" -palabra mágica de la educación- y resistir la reacción de sus pequeños, o para esperar a que aprendan a hacer las cosas por sí mismos. Según destacan los expertos, quieren ser excelentes, que sus hijos no sufran, que tengan una magnífica preparación para la vida y que sean felices. Y, aunque a priori todo ello debería entenderse en clave positiva, la realidad, señalan, es que a menudo se desatiende el objetivo más importante: educar a los hijos en la autonomía personal y los valores primordiales.

Es por ello por lo que tal vez se conocen más casos de niños dependientes, inseguros, con trastornos de ansiedad, miedos, fobias, baja tolerancia a la frustración, adicción a las pantallas, rebeldía, falta de control de los impulsos, problemas para dormir, baja autoestima, poca capacidad organizativa y falta de motivación.

Necesidad, deseo o capricho

Es tarea de los padres cubrir las diferentes necesidades que presentan los hijos en lo relativo a alimentación, descanso, techo, regulación de las emociones, etcétera, así como diferenciar entre necesidades y deseos o caprichos. En función del modo y la cantidad de necesidades que se les cubran se conseguirá que los pequeños sean más seguros y resilientes, o todo lo contrario. En cambio, los deseos o los caprichos -tener un móvil, comprar algo, ver la televisión hasta tarde o comer chucherías, son complementarios y en algunos casos pueden mejorar la calidad y estilo de vida, pero no suponen una necesidad que deba cubrirse, puesto que la supervivencia no está en juego con la satisfacción de estos deseos.

Por ello, si se quiere que los hijos cuando sean adultos tengan una autoestima alta, es imprescindible que sean protegidos, atendidos, tratados con cariño y que se sea empático con ellos. La gran mayoría de adultos que tienen una autoestima baja y se muestran inseguros es porque tuvieron unos padres y unos maestros que no les atendieron como debían y no les miraron incondicionalmente. Y es que, si no se satisfacen las necesidades de los hijos, se corre el riesgo de que sean personas dependientes a lo largo de toda su vida.

Podrían enumerarse varias características que favorecen el hecho de que los padres y madres desarrollen un apego seguro en sus hijos, pero hay dos que destacan por su relevancia: una correcta vinculación con los niños, lo que implica que les otorguen contextos de seguridad. Se sienten protegidos, seguros y confiados. No debe olvidarse que el ser humano nace inmaduro y, por lo tanto, necesita de esta protección. La segunda característica del apego seguro tiene que ver con el hecho de que se favorezca su autonomía. Esto implica que debe permitirse que los niños sean curiosos y exploren el entorno en el que se desarrollan. Sin estas dos características no podría hablarse de apego seguro. En el caso de la mayoría de padres sobreprotectores, la autonomía y la exploración no las suelen fomentar. Esto implica que estos niños excesivamente protegidos suelen mostrarse inseguros, dependientes, con poca iniciativa, etcétera, un perfil que suele coincidir con el apego ansioso-ambivalente, en donde los padres suelen actuar en función de sus propios miedos y no les permiten a sus hijos que sean autónomos. Suelen ser padres inmaduros, con pocas estrategias de regulación emocional y con un predominio de su hemisferio derecho, que es el hemisferio emocional.

Los padres que desarrollan en sus hijos un apego ansioso-ambivalente son muy variables en sus respuestas ante las necesidades de sus hijos. Ante una emoción suelen dar respuestas muy ambivalentes: en ocasiones le calman de manera adecuada, a veces le dan al niño lo que no necesita y en otras ocasiones responden de manera exagerada. Por lo tanto, el lema del niño ansioso-ambivalente es hoy no sé si mis padres me darán lo que necesito. Son niños que no les dejan desarrollarse por el propio miedo de sus padres.

En conclusión, es evidente que hoy en día favorecer con los hijos una relación íntima y cercana es uno de los principales objetivos de los padres, siendo muchas las cosas que se pueden hacer para lograrlo y, a la vez, fomentar el crecimiento y autonomía, así como la confianza y la autoestima de sus hijos. No siempre es sencillo, pero debe intentarse. Nadie dijo que ser padre era fácil.

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