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¿Era necesario, señor presidente?

El error de tirar la toalla antes de comenzar el partido de la financiación

¿Era necesario, señor presidente?

¿Era necesario, señor presidente?

Permítame, señor presidente del Gobierno, pero su ansia por cerrar la puerta a la reforma de la financiación autonómica a las primeras de cambio hace añorar señores Bartleby en la política, aquel personaje (escribiente para más datos) de un relato breve de Herman Melville que, recordarán, ante cualquier encargo contestaba: "Preferiría no hacerlo". Pues eso. Que algo así podría haber replicado al ministro o asesor que le aconsejó dar carpetazo a tan espinoso asunto para pasar página lo más pronto posible y no tener que estar respondiendo día sí día también a eso de cómo está la financiación de marras. ¿Es necesario?, podría haberle dicho.

Que el asunto es complejo y lleno de aristas es una obviedad, pero uno pelea por ser presidente para eso, ¿no? Dos de los argumentos esgrimidos por usted para apartar de sí el cáliz de la financiación resultan difícilmente sostenibles. No hay tiempo, ha dicho. Sin embargo, si su intención es ejercer de presidente como mínimo hasta 2020 es evidente que en casi dos años hay tiempo para muchas cosas. Si se quiere, claro. Cuestión de voluntad y de prioridades. Ha dicho también que hay muchos trabajos técnicos por realizar. Como por ejemplo, una valoración de las necesidades de gasto real de los servicios públicos fundamentales y una cuantificación de la insuficiencia financiera de las comunidades. Pues bien, todo eso lo tiene ya. Si consulta el informe de la comisión de expertos de las distintas autonomías, aprobado en julio pasado, encontrará esos datos. El de la insuficiencia financiera es de los más conocidos: 16.000 millones de euros al año necesitan todas las comunidades para pagar la sanidad, la educación y los servicios sociales.

Lo que subyace en su posición, si permite el atrevimiento, es que con 84 diputados la empresa de aprobar un nuevo modelo de financiación autonómica se antoja misión para héroes. Y aunque los héroes son para la literatura y no para la política, hubiera quedado como un señor intentándolo. Podría haber convocado el Consejo de Política Fiscal y haber elevado una propuesta. Que las comunidades se hubieran retratado.

Conseguir la reforma no es una obligación en las citadas circunstancias parlamentarias, pero tirar la toalla casi antes de empezar el partido, cuando ni siquiera está completo el equipo del Ministerio de Hacienda, parece un error que, si somos bien pensados, debemos atribuir a la precipitación de los recién llegados, a esa necesidad de la nueva política de tomar partido a las primeras de cambio, como si todo lo que no sea un sí o un no, una postura de máximos, sea defraudar las expectativas de un público ávido de consumir noticias de fácil digestión (sin demasiados matices) en sus teléfonos móviles.

Porque si somos mal pensados, podríamos sospechar, señor presidente, que ha intentado segar la hierba bajo los pies a un puñado de barones de su partido al arrebatarles uno de sus grandes discursos.

Pero sería una estrategia demasiado sibilina. Es más creíble que todo ha sido un problema de mala comunicación, porque no solo ha echado el freno al nuevo sistema de financiación, es que ha intentado paliar la mala nueva con el anuncio de mejoras, pero sin concretar nada ni aportar cifra alguna con la que calmar a las bestias políticas (es un decir, usted ya me entiende). Cuando una solución transitoria se queda en el enunciado, el público (siempre tan ingrato, ya lo podrá comprobar, señor Sánchez) tiende a pensar que es para siempre.

En fin, ¿era necesario?

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