14 de octubre de 2018
14.10.2018

La derecha de Aznar

El mundo ha cambiado, pero el expresidente del Gobierno y del PP ofrece la misma respuesta política

13.10.2018 | 23:57
La derecha de Aznar

Recientemente, José María Aznar ha insistido en poner en evidencia la división de la derecha en España, cuando él la había dejado unida y compacta al abandonar la presidencia del PP en 2004, tras fundir AP, el partido conservador de Fraga, con los restos de la disolución de UCD y haber eliminado de la competición electoral a varios partidos regionalistas. No le falta razón. El PP, Ciudadanos y Vox, que atrae una atención creciente y al que algunas encuestas auguran la consecución de al menos un escaño por Madrid, además de otros partidos de ámbito no estatal, como Foro y UPN, se ubican a lo largo del espacio político que se extiende desde la derecha hasta el centro. La fragmentación partidista, una constante histórica de la política española, vuelve a dividir al centro-derecha, que sufrirá por ello la consiguiente penalización de nuestro sistema electoral en sus expectativas de lograr una mayoría parlamentaria. El discurso político de los partidos que se inclinan a la derecha, sin embargo, es coincidente en los postulados básicos. La etiqueta de progresista con la que ha acordado presentarse Ciudadanos a las elecciones europeas, en compañía de Macron y Renzi, obedece únicamente, según Aznar, al reparto de papeles de las grandes fuerzas políticas del parlamento de la Unión y solo genera una confusión inoportuna.

Aznar fue primero líder indiscutido del PP, después renunció a la presidencia de honor del partido por sus discrepancias con el equipo de Rajoy, y ahora se ofrece para unir de nuevo a la derecha. Desde que dejó el poder y los cargos por decisión propia, su empeño ha sido ejercer el liderazgo ideológico. Recluido en FAES, una creación suya, el principal "think tank" de los liberales conservadores en España, dedica el tiempo a estudiar, mantener sus contactos internacionales, a sus negocios privados y a escribir libros. En esta faceta es el expresidente de Gobierno más prolífico, con casi una decena de títulos publicados, en un país donde los políticos son poco dados a exponer por escrito sus ideas y, si acaso, se animan a redactar sus memorias.

Acaba de aparecer la última obra de Aznar, un ensayo titulado "El futuro es hoy", su libro más ambicioso. En él describe la cascada incesante de cambios parciales que la sociedad está experimentando en todos los ámbitos y las consecuencias que el cambio de época resultante está produciendo en la política a escala global y a escala regional y local. El rastro de la cultura política anglosajona se hace visible en todo el texto y revela la evolución del pensamiento de Aznar, que ha adquirido una complexión más fuerte, aunque esto le lleve a contradecir tesis sostenidas en sus libros anteriores. Sus afirmaciones se apoyan en una base empírica, están bien documentadas, y las expresa en un lenguaje asertivo, diáfano, que facilita la réplica.

El mundo, dice Aznar, zozobra. Los cambios de todo tipo que están transformando de una manera nunca vista a los individuos y las sociedades son irreversibles. Es iluso suponer que, superadas las secuelas de la recesión iniciada en 2008, volveremos a la situación anterior. El orden liberal creado por Estados Unidos al terminar la Segunda Guerra Mundial, reformado por Bush padre tras la caída del muro de Berlín, está manifiestamente en crisis desde el año 2003, en que Alemania y Francia se desmarcaron de la intervención militar en Irak, abriendo una enorme brecha en la que Rusia no ha dejado de hurgar. El terrorismo y el populismo son el peligro actual para las democracias, como un día lo fueron el fascismo y el comunismo.

La recomendación de Aznar, paradójicamente, consiste en restaurar la alianza trasatlántica y que esta se encargue de garantizar la seguridad y la defensa de los valores liberales. Aunque aprecia reticencias en Trump a comprometer a Estados Unidos en una acción concertada con una Europa algo caótica, considera que es la única manera de poner orden y dar sentido al mundo. Firmeza y contundencia son las actitudes que Aznar reclama a los desvaídos líderes europeos para enderezar el rumbo perdido. Es tan notoria la ausencia de políticos de fuste que Aznar solo encuentra una fiel encarnación del centro-derecha en los años de gobierno de Thatcher y en sus dos legislaturas al frente del Ejecutivo español.

Aznar concluye su libro aplicando la misma receta a la política española. Afirma que su máxima aspiración ha sido que la democracia española fuera la mejor del mundo. Enuncia la novedosa teoría de señalizar el fin de la Transición en 2004, cuando la izquierda y los nacionalismos rompieron el pacto constitucional y adoptaron la estrategia de excluir al adversario político, siguiendo temerariamente los mismos pasos que habían conducido al colapso de la II República. Primero describe el reflejo del cambio de época en nuestro país. Luego agolpa un cúmulo de argumentos tratando de demostrar que no hay necesidad alguna de reformar la Constitución.

El mundo ha cambiado, pero Aznar ofrece la misma respuesta política. Más leído, entusiasta del atlantismo, apostado en el liberalismo severo y seco que le caracteriza, sitúa la batalla de las ideas en el centro de la vida política. Su objetivo es que la derecha española se desprenda de sus complejos ideológicos. En los años noventa fue capaz de capitalizar todo el descontento con el último gobierno de Felipe González. Ahora, como si nada hubiera cambiado, a pesar de su diagnóstico de un cambio de época, pretende repetir el éxito con la misma fórmula. Ofrece su libro como guía, pero no parece que las diferencias que hay entre los partidos de la derecha en torno a los asuntos que copan la agenda política vayan a reducirse fácilmente. En todo caso, conviene tener presente que en la medida que la perspectiva de Aznar se imponga, vista la fuga hacia posiciones más a la izquierda emprendida por el PSOE en compañía de Podemos y los nacionalistas catalanes y vascos, la sociedad española está abocada a una polarización política perfecta, inducida no por los ciudadanos, sino por los partidos. Es la pauta común que se observa en todas las sociedades democráticas y los primeros resultados son evidentes: la incomunicación entre las diferentes tendencias políticas y el bloqueo institucional.

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