Caso Mateu: las claves de un secuestro de película reveladas 42 años después
El detective privado Jorge Colomar rompe su silencio y relata cómo localizó, retuvo y trajo a España en 1983 al empresario escondido en Francia Ramón Mateu

El detective Jorge Colomar, en la actualidad. / David Aparicio
Matías Crowder
Cuando Ramon Mateu y su hermano Marià tomaron en Gerona el control de la empresa familiar Mateu & Mateu, la compañía alcanzó su máximo esplendor y llegó a situarse entre las de mayor crecimiento del sector del transporte. Pero el deterioro económico de los años 70 frenó su ascenso y acabó precipitando una quiebra que dejó tras de sí miles de millones de pesetas en deudas, causas judiciales y una persecución que terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más controvertidos de los primeros años de la democracia.
Tras el colapso empresarial de 1979, los hermanos Mateu desaparecieron. Las autoridades emitieron órdenes de busca y captura para localizarlos. Marià murió de cáncer el 15 de marzo de 1983. Ramon, en cambio, se ocultó en Francia bajo una identidad falsa. Hospedado en un hotel de la costa mediterránea, preparaba supuestamente su regreso para enfrentarse a la Justicia. Su huida terminó cuando un detective entonces poco conocido lo localizó, lo secuestró y lo trasladó de vuelta a España cruzando la frontera. Aquel investigador era Jorge Colomar, exlegionario, experto en artes marciales y futuro detective de prestigio.
Colomar había fundado su agencia en 1978 y en los ochenta era aún un profesional joven, ambicioso y en plena construcción de su reputación. El caso Mateu se presentó como un reto decisivo, una operación que pondría a prueba sus métodos y marcaría su carrera. El grupo que formó para ejecutar el operativo creyó contar con el respaldo de la Guardia Civil, aunque las autoridades acabarían desentendiéndose. El episodio dejó una pregunta sin respuesta: ¿quién encargó realmente el secuestro de Ramon Mateu? Esa incógnita sigue siendo la piedra angular de la historia, porque permite leer el caso no solo como una persecución de un empresario fugitivo, sino también como una operación impulsada desde intereses que nunca quedaron a la vista.
Jorge Colomar desvela ahora, 42 años después, en conversación con "Diari de Girona", del mismo grupo editorial que LA NUEVA ESPAÑA, el desarrollo de aquella operación tan clandestina como ilegal.
El contexto
El imperio de transportes Mateu & Mateu había nacido mucho antes, en 1890, cuando Joan Mateu Carbonell fundó en Cassà de la Selva un modesto negocio de transporte con carros. En los años cuarenta, gracias al impulso de Marià y Ramon Mateu Casadevall, la empresa se convirtió en un referente. En los setenta operaba en veinte países, abarcaba todo tipo de transporte de mercancías y empleaba a más de 2.000 trabajadores.
Pero la crisis llegó con fuerza. El final del modelo protegido del franquismo dejó al descubierto a muchas compañías poco competitivas, mientras la crisis financiera restringía el crédito. Muchas empresas se endeudaron para sobrevivir y acabaron en quiebra. En julio de 1979, Mateu & Mateu presentó suspensión de pagos. Los interventores judiciales comprobaron que la situación era peor de lo declarado: el pasivo real superaba los 4.000 millones de pesetas.
En marzo de 1981, un juez decretó la quiebra y ordenó ocupar los bienes de la empresa. Los hermanos, acusados de estafa, falsedad documental y emisión de cheques sin fondos, no estaban en España. El fiscal pidió para ellos más de treinta años de prisión. A esas alturas, Mateu acumulaba enemigos entre acreedores, exempleados y sectores que querían verlo regresar para cobrar las deudas de una empresa que había pasado de símbolo de expansión a emblema de derrumbe.
El detective
En ese contexto apareció Colomar. La prensa lo describía como un personaje inclasificable: aventurero, exlegionario en África, submarinista, aviador y experto en artes marciales. No era un detective convencional. Combinaba técnicas clásicas con métodos poco ortodoxos, adaptados a situaciones en las que otros no lograban avanzar.
Según relata, avisó al Servicio de Información de la Guardia Civil de que lo habían contratado para encontrar a Ramon Mateu.La pista llegó al pinchar el teléfono de una casa del empresario en la Costa Brava, concretamente el de su mujer. Una llamada a un hotel francés, con referencia a la habitación 808, permitió identificar el paradero. Al otro lado contestó un hombre y la conversación pasó al catalán. "Ya lo tengo", pensó Colomar. El hotel estaba en La Grande-Motte, en el sur de Francia.
El cliente le preguntó entonces si sería capaz de traerlo a Barcelona. Colomar respondió que aquello era un secuestro y que, si Mateu era buscado por la Justicia, debía reclamarse a Francia por vía oficial. La réplica fue clara: no debía ser ingenuo, porque Mateu tenía suficiente poder para salir impune en territorio francés.
El 3 de septiembre de 1983, Colomar viajó de madrugada más de 600 kilómetros hasta La Grande-Motte para comprobar si Mateu llevaba escolta. A las nueve de la mañana se instaló en un bar frente al hotel. Tenía fotografías del empresario y lo reconoció pese a la barba que se había dejado. Mateu salió, pasó junto a él, compró "La Vanguardia", cruzó el aparcamiento y subió a un Mercedes blanco. No llevaba guardaespaldas.
De vuelta a Barcelona, Colomar dudó. Ante la ley, Mateu era un fugitivo buscado por la Justicia, pero sacarlo de otro país abría una zona gris evidente. Habló con un grupo de información de la Guardia Civil y les explicó el encargo. Según sostiene, recibió el visto bueno. "Mateu está en requisitoria. Adelante", recordaría después. También les preguntó si acudirían a buscarlo si lo entregaba en territorio español. Le dijeron que sí. Colomar se apoyaba en el artículo 490 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que permite a cualquier ciudadano detener a una persona con orden de busca y captura, aunque el problema era traerlo desde otro país. Miguel Morales, uno de sus colaboradores, lo provocaba: "Si lo hace James Bond, ¿por qué no vas a hacerlo tú?"
Durante los días siguientes formó el equipo. Reclutó a los guardias urbanos Ramon Riera Llorens y Enrique Rodríguez Hoyos, escoltas oficiales del alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall. Sumó además a Manuel Vargas, profesional de la lucha libre, de dos metros y 140 kilos. No llevaban armas, un detalle que Colomar subraya. El domingo 18 de septiembre repasaron el plan. Colomar eligió la ruta de retorno porque conocía el camino de Companys, usado por contrabandistas. La Guardia Civil debía esperarlo en la nacional 152, cerca de Puigcerdà.
El día del secuestro
El 20 de septiembre, a las 8 de la mañana, el operativo se puso en marcha, con la tensión propia de una operación que dependía de movimientos rápidos, vigilancia constante y una retirada limpia hacia la frontera. Actuaban dos grupos: en un Talbot viajaban Colomar y Miguel Morales; en un Renault 18, Vargas y los dos guardias urbanos. Vigilaron todo el día a Mateu. A las siete de la tarde, cuando el empresario se alejó del hotel, Colomar se le acercó y le dijo: "Señor Mateu, está detenido". Mateu intuyó el peligro, gritó y se arrojó al suelo. Finalmente consiguieron llevárselo. Para calmarlo, Colomar le dijo: "No se preocupe, somos amigos". La respuesta del empresario resumió el clima de la escena: "El problema es amigos de quién".
La comitiva salió hacia España. Mateu iba en un coche y Colomar detrás. Pero al llegar al lugar pactado con la Guardia Civil no había nadie. Al llamar, recibieron una instrucción desconcertante: atar a Mateu a un árbol. Colomar se negó. El empresario tenía ya más de 70 años, era de noche y no quería dejarlo allí expuesto a un infarto o a cualquier otro riesgo. Decidió seguir hasta Barcelona.
Ya de madrugada, el coche en el que iba Mateu aparcó en las Ramblas, frente a la Comandancia. Colomar fue a buscar a un contacto policial, pero no lo encontró. Al regresar vio un coche patrulla junto al vehículo de Mateu y a varios policías apuntando con metralletas. Bajó y se enfrentó a ellos. Al verlo, Mateu dijo: "¡Ese es el jefe!". La Policía quiso saber quién era el cliente. Colomar respondió una y otra vez que no había cliente. "Todo lo contrario. Les traigo a un prófugo de la justicia", defendió.
El abogado Enric Chinchilla asumió la defensa, pero todos ingresaron en prisión preventiva. En la Modelo, Colomar vivió días difíciles. Los rumores de que Mateu había puesto precio a su cabeza, cifrado en unos 50 millones de pesetas, complicaron su estancia. El 11 de octubre salió tras pagar una fianza de 100.000 pesetas. Para su sorpresa, Ramon Mateu había salido antes. "Resultó increíble", recordaría. El empresario presentó una querella contra el detective por detención ilegal y agresiones.
El juicio y la resolución
El proceso judicial tardó años en cerrarse. En 1997, el Juzgado número 1 de Barcelona condenó a Colomar a cuatro años de prisión por detención ilegal, la misma pena que recibió el resto del grupo. En 2000 todos fueron indultados.
Ramon Mateu, por su parte, fue condenado en 1998 a 18 años de cárcel por delitos económicos vinculados a la gestión de su empresa. Su procedimiento se fue diluyendo entre causas y recursos. Pasó por prisión y después por la libertad provisional, en un proceso largo, fragmentado y marcado por la complejidad de separar responsabilidades penales, deudas empresariales y la propia leyenda creada en torno a su fuga. Murió en 2014.
Décadas después, el caso Mateu & Mateu tuvo un cierre económico inesperado. En 2008, la junta de acreedores vendió el patrimonio de la antigua compañía a un fondo especializado. La operación permitió recuperar 24,3 millones de euros procedentes de inmuebles en Barcelona, Gerona y otras ciudades. Descontados gastos judiciales y fiscales, se saldó casi toda la deuda: unos 600 exempleados cobraron el cien por cien de lo que se les debía y el resto de acreedores recuperó alrededor del 80%.
El caso quedó incorporado para siempre a la crónica negra catalana, como reflejo de una época de tensiones económicas, poder empresarial y límites borrosos entre la legalidad y la acción privada. Pero la pieza esencial sigue fuera del tablero: el nombre del cliente invisible que pagó por el secuestro de Ramon Mateu. Más de cuarenta años después, Jorge Colomar mantiene ese secreto como la única parte de la historia que nadie ha conseguido, o querido, colocar en su sitio.
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