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La elegancia en el servicio sacerdotal

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Javier Gómez Cuesta

Javier Gómez Cuesta

Es la cualidad que más destacaba en el él. Lo era primeramente por su finura espiritual. Y lo era también por su talante humano. Elegante en el trato personal, en la forma de ejercer el ministerio, en el de valorar y cuidar el patrimonio parroquial, en la predicación, en el hablar, en el cantar – gozó de una buena voz bien timbrada y modulada- y en el vestir. Y, últimamente, cuando obligan los achaques, en la forma de andar ayudado de un bastón.

Nació en Proaza el 27 de febrero de 1942 y fue uno de los primeros niños de la Escolanía de Covadonga en su segunda etapa, impulsada por el Arzobispo Lauzurica y que dirigió durante años D. Emiliano de la Huerga. Allí cultivo él sus facultades para el canto y su amor a la música que mantuvo durante toda su vida, siendo un melómano notable, asiduo a conciertos y a la Opera de Oviedo. Era la Institución Teresiana la encargada de cuidar a la cincuentena de niños cantores en la Casina. José Luis les cogió gran cariño a las educadoras y en agradecimiento acababa de solicitar y recibir en su parroquia una reliquia del Santo Fundador de las teresianas San Pedro Poveda, que fue canónigo de Covadonga y autor en 1929 de la primera novena a la Santina con la jaculatoria: ¡Madre mía de Covadonga, sálvanos y salva a España!

Ordenado sacerdote el 29 de junio de 1965, festividad de San Pedro, haría ahora 61 años, su primer y largo destino, nada menos que 19 años, fue como coadjutor de Pola de Siero. Su carácter abierto y de fácil relación hizo que se sintiera un poleso más, apreciado y querido hasta llamarlefamiliarmente “Donjo”, sustituto cariñoso de D. José Luis. Además de la música -en la Pola siempre se cantó bien- cuidó con esmero el Catecismo Parroquial.

En 1984 recibió el nombramiento de párroco de las Tudelas de Veguín y de Agüeria tiendo que enfrentarse con gran preocupación a problemas estructurales del templo parroquial que años más tarde tendría que ser sustituido por la capilla del antiguo colegio de los salesianos. En 1991 pasó a formar parte del Consejo de Gobierno Diocesano como Vicario Episcopal del Centro. Fueron siete años disfrutando de su amistad y de su buen conocimiento de la vida ministerial y pastoral en aquellas largas reuniones bajo la sabia batuta de D. Gabino que nos incitaba a ver siempre lo positivo de las personas y estimulando el amor a la Iglesia. Fueron años inolvidables que todavía recordábamos y festejábamos alguna vez. Era un bu en amante de la cocina, donde también daba muestras de su elegancia en el menú que él mismo preparaba y en la mesa con todo detalle en nos lo servía

Cuando murió en 1997 su antecesor, D. Servando, José Luis mostró deseos de volver al ministerio parroquia y San Isidoro era de su gusto por la historia de la Parroquia y por la gente que conocía. Era el párroco indicado para esa veterana feligresía. Así, quedando en Oviedo, podía seguir disfrutando de la Opera. Fueron 29 años que llenaron su vida. Además de cuidar o recuperar devociones y tradiciones, entre ellas las cofradías tradicionales del Santo Entierro y de Nª. Sra de los Dolores, que en ella habían tenido su sede, se empleó con paciencia en restaurar el templo secular donde los siglos fueron dejando su huella. Precisamente la Piedad Popular fue una de sus acciones pastorales a las que dedicó más tiempo y entusiasmo siendo nombrado Delegado Diocesano y que hoy se vuelve a estimar como expresión de la fe de las personas sencillas. Una de sus últimas adquisiciones fueron las nuevas campanas, llamadas de San Isidoro y de Nª Sra de los Dolores, por no poder ser restauradas las antiguas. Hoy tañeran con tristeza acompañando con su doblar la despedida y el término de su vida, en servicio ministerial hasta el susto de su muerte súbita en su último día. Entrará en el cielo ¡seguro! cantando un Aleluya. Nos deja el recuerdo de su elegancia y finura de espíritu que él sobresalían.

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