25 de abril de 2010
25.04.2010

La Nueva España

Editorial

La crisis pone a prueba las costuras del Estado del bienestar

25.04.2010 | 02:00
La crisis pone a prueba las costuras del Estado del bienestar

Sanear las cuentas es vital para impulsar la recuperación económica, afirma la vicepresidenta Elena Salgado. Para demostrar a los mercados internacionales que esto no es Grecia, pretende ahorrar 50.000 millones de euros. El Gobierno es prisionero en este objetivo de las comunidades, que copan el grueso del gasto: el 36% autonómico frente al 22% estatal (el resto corresponde a la Seguridad Social y, la porción menor, a los concejos). Las autonomías manejan, en proporción, más dinero que los länder alemanes, ansiado paraíso de los federalistas. Autonomías y ayuntamientos atesoran en su mano cuatro de cada cinco empleos públicos. Muchos bailan de una administración a otra. Lo malo es que por cada uno que les transfirió el Estado las regiones crearon dos.

Lo que tres décadas de vertiginosa descentralización demuestran, y la crisis más grave jamás vivida deja al desnudo, es que al Estado apenas le queda capacidad para imponer su voluntad a las autonomías y que las autonomías son cada vez menos corresponsables. Miran para sí. Prima el egoísmo.

Todas son conscientes del problema económico, pero todas, empezando por Asturias, ven la paja en el ojo ajeno: exigen que el recorte lo ejecuten los demás. En otoño se pactó elaborar los Presupuestos de este año con un déficit máximo del 2,5%. Tres meses después, cinco regiones dinamitaron tan panchas el acuerdo. Pese a perder casi 13.000 millones en ingresos, las autonomías mantienen sus gastos corrientes. Han cuadrado las cuentas a costa de sacrificar inversiones, lo único productivo. Y hay moscas que no espantan: por cada organismo público que disolvió el Gobierno central las autonomías crearon siete.

La gran paradoja es que para alimentar esta caldera el Estado, aun gastando menos, tiene que soportar una abrumadora carga: 438.000 millones de empréstitos y 23.000 millones de euros de intereses cada año. La deuda de las autonomías, con ser gruesa, no pasa de 86.000 millones. El Estado recauda, las autonomías funden. Lo que no llega por vía ordinaria se alcanza por las presiones. El Estado es cómplice de permitirlo.

El dinero es finito. No puede haber un AVE a cada esquina ni un campus en cada valle. España tiene tantas universidades públicas como Francia y Alemania, y bastante menos población. El asturiano Ángel de la Fuente, investigador del Instituto de Análisis Económico, alerta de que la transferencia de recursos es un regalo sin coste político alguno para los gobiernos regionales. Quien sube impuestos es la Administración central. El Estado actúa de cobrador del frac. Las autonomías, de hijo tarambana que ni estudia ni trabaja, pero invita a otra ronda, viva la juerga, con el patrimonio de la familia y el invento de los derechos históricos.

Es una espiral sin fin. Los modelos de financiación -cuatro en dieciséis años, uno por legislatura- duran lo que tarda un presidente regional en tener apetito. Su voracidad, han dado pruebas, es insaciable. Las autonomías usan su margen legal para bajar impuestos, nunca para lo impopular: subirlos. Da más rédito vociferar y chupar los cuartos a otro. Puro ilusionismo. Todo sale del mismo bolsillo, el de los contribuyentes.
Esta desenfrenada carrera ha desembocado en un modelo de financiación ligado a los impuestos más expuestos a subidas y bajadas de la economía. También, en unas autonomías que para dotarse de músculo presupuestario han asumido el peso del Estado del bienestar: la sanidad y la educación. De mano, por muchos mecanismos de compensación que se instauren, no todas tienen las mismas posibilidades. Las dinámicas salen beneficiadas. En vacas flacas todas sufren. Las atrasadas, especialmente.

El gran riesgo es que ese devenir consolide un territorio asimétrico, con servicios básicos de distinta calidad y ciudadanos de segunda. A veces la pluralidad es una excusa para encubrir desigualdades. Ya lo estamos percibiendo en las reticencias sanitarias a asistir a pacientes procedentes de otras zonas o en los divergentes resultados de la enseñanza, en los que por fortuna los escolares asturianos acaban de exhibir fortaleza.

Las pensiones son una excepción y están al margen de estos avatares. Un modelo similar, independiente de coyunturas, que ahorre en bonanza para cuando haya agujeros, es el que propone el economista De la Fuente para la sanidad y la educación. Un fondo especial, como la hucha de la Seguridad Social, para que el sostenimiento de los servicios básicos no esté al albur de las fluctuaciones. Sea éste u otro el camino, ésa es la cuestión. El caso es abordarla, reflexionarla y discutirla. No comprar tiempo para no resolver nada y huir hacia adelante, vieja táctica a la que son tan adictos en los días negros los malos gobernantes.

El historiador Tito Livio escribió de los romanos de su tiempo que «no podían soportar sus vicios ni tampoco los remedios» No podemos ser conscientes de los problemas y negar las soluciones. En el Estado medieval, el poder complacía a Dios. En el Estado moderno, a la ley. En la España actual, no debe sólo servir al capricho autonómico. Necesitamos gastar menos, tener un Estado fuerte y unas autonomías sensatas y solidarias. Sólo así algo tan valioso como las conquistas sociales resistirán el vendaval.

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