25 de noviembre de 2011
25.11.2011

La iglesia que ganó un referéndum

El pueblo tinetense de Calleras prefirió la construcción de su templo, que alberga valiosos retablos barrocos desmantelados con la desamortización, a disponer de carretera

25.11.2011 | 14:59
A la izquierda, el retablo central y el Cristo barroco de la iglesia de Calleras. Sobre estas líneas, Santiago Fernández Negrete.

Calleras (Tineo),

Pepe RODRÍGUEZ

Cuenta la historia que siendo ministro de Gracia y Justicia del gobierno largo de O´Donnell (1859-1862) el tinetense Santiago Fernández Negrete, los habitantes de Calleras fueron convocados a un referéndum para decidir si preferían que se construyese en la zona una iglesia o una carretera. Y cuenta la leyenda que en esa consulta popular sólo hubo un voto a favor de la carretera: el del cura, Manuel Gallo. Nadie le puede negar su visión de futuro. De esta forma nació la iglesia de Calleras, concebida para albergar los retablos barrocos procedentes del desaparecido monasterio cisterciense de Santa María de Lapedo, en Belmonte,

Fernández Negrete -cuya figura cobra actualidad al cumplirse los 150 años de Ley Hipotecaria que promulgó como ministro del Gobierno de O´Donnell en 1861- fue tinetense nacido en Villatresmil y estaba fuertemente vinculado a Calleras, de donde era su padre, y se involucró personalmente en el proceso de gestación de la iglesia. De esta peculiar forma comenzaron las obras, sobre el año 1860, de lo que acabaría convirtiéndose en el edificio religioso más importante del concejo en esa época. Los trabajos culminaron en 1898.

La otra característica que hace de la iglesia de Calleras un monumento único es que, al contrario que la inmensa mayoría de los templos, sus medidas se decidieron a partir de las de los retablos que debía acoger. Es decir, se diseñó una iglesia a medida de lo que iba a acoger en su interior, y no al revés.

Se edificó ajustando las medidas exactas para albergar dentro de ella los retablos barrocos procedentes del desaparecido monasterio cisterciense de Santa María de Lapedo del concejo de Belmonte de Miranda. Aquellos retablos, en plena desamortización, fueron comprados, desmantelados y transportados para volver a ser reconstruidos. Las piezas de esta reliquia fueron transportadas hasta Calleras en carros tirados por bueyes, lo que tuvo que ser un auténtico espectáculo en aquella época.

La iglesia de Calleras tiene una nave única de gran altura y planta de cruz latina, como definición arquitectónica de su planta. Sustituyó a una antigua capilla, que usaban los habitantes de la zona antes de la gran construcción que el referéndum les dejó. Esta capilla se encontraba emplazada en la laboría de Solavilla y fue destruida tras la inauguración de la nueva iglesia.

Para la construcción se utilizaron piedras de unas canteras situadas en el paraje cercano, de forma que se ahorraban los penosos trabajos de transporte desde lugares lejanos. La zona de donde salieron estas piedras es conocida como Veneiro, aunque también se usaron materiales de las inmediaciones del puente sobre el río Ese. En obras de este nivel era necesaria la presencia de canteros de otras regiones, y en este caso vinieron desde Galicia. También es conocida la participación en la obra de un artista local, Ceferino «El Porro», que labró el ojo de buey de la fachada.

En el presbiterio se encuentra el retablo central, compuesto por tres calles, divididas por columnas salomónicas de capiteles corintios. Cuenta con imágenes de San Benito, San Bernardo, San Bartolomé y San Juan Bautista, autor el escultor barroco Antonio de Borja.

En la calle central aparece la Asunción de la Virgen y en la parte alta el Santo Cristo Crucificado. Éste, una de las mejores muestras del barroco de la región, según los expertos, se presenta flanqueado por dos escudos, el de la Orden Benedictina y el de los Condes de Tineo que, a su vez, habían sido los fundadores del cenobio de Lapedo.

El retablo central y los que se encuentran en las capillas laterales son los retablos barrocos asturianos más importantes del siglo XVII. Así al menos lo consideran todo una pléyade de personalidades y estudiosos del arte de aquella época, como el Catedrático de Historia del Arte Germán Ramallo.

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