11 de marzo de 2012
11.03.2012

"Cascos, el hombre que no supo reinar", por Juan R. Gil

Aznar siempre dijo del actual líder de Foro que es un político que «sirve para mandar, pero no para gobernar», y por eso lo rechazó como sucesor y lo alejó de los centros de decisión

11.03.2012 | 01:00

Francisco Álvarez-Cascos dio la sorpresa el pasado 22 de mayo cuando, al frente de Foro, una formación política recién constituida, consiguió robarle la cartera al que había sido su partido de toda la vida, rompiendo la ola que en toda España llevaba en volandas al PP al poder. Cascos logró burlar las encuestas, que no le daban cuartel, y se hizo, aunque por la mínima, con la Presidencia del Principado de Asturias. Apenas medio año después de tomar posesión, el ex ministro de Fomento confirmó en todos sus extremos lo que en boca de Aznar siempre había sido, más que un pronóstico, una sentencia: «Paco puede servir para mandar, pero no para gobernar». Incapaz de sacar adelante los Presupuestos de la región, convocó elecciones anticipadas, en una pirueta que, esta vez, puede ser la que definitivamente le deje fuera del escenario político en el que durante años ocupó un papel preponderante.

Tan vehemente como autoritario; tan incontrolable como imprevisible; tan leal a su manera, al decir de muchos, como insoportable, según la mayoría de los que en algún momento compartieron con él gobierno o responsabilidades en el partido, el que fuera secretario general del PP (o «general secretario», como todos le llamaban por su forma de comportarse en el cargo), repitió en los pocos meses que ha estado al frente del Principado la misma dinámica que caracterizó los muchos años en que fue «número dos» del PP: la de hacer, cada día, un enemigo. Esa falta de cintura le alejó de Aznar, le enfrentó con Rajoy, le llevó a librar una batalla a muerte con Javier Arenas, que acabó ganando este último, y le abocó, finalmente, a abandonar el partido que él mismo contribuyó de forma decisiva a convertir en una verdadera alternativa de poder.

A pesar de que a la secretaría general le aupó Fraga en 1989, Aznar siempre le tuvo cariño. Aún hoy se lo tiene. Pero siempre supo también que no era la persona indicada para hacerse con las riendas del PP cuando él cumpliera con su compromiso de dejar todas sus responsabilidades una vez agotara dos legislaturas al frente del Gobierno. Por eso, cuando llegó el momento de buscar sucesor, Cascos llevaba ya tiempo fuera de las quinielas.

La estrella de Cascos comenzó a declinar precisamente el mismo día en que Aznar le ganó a Felipe González las elecciones de 1996 y formó un gobierno en el que el asturiano ocupó la vicepresidencia política. En la oposición, las constantes discusiones subidas de tono entre el «número uno» y su segundo todavía se recuerdan en Génova, la sede madrileña del PP, con un Cascos al que le reconocen ser el único que jamás se arrugaba frente a Aznar. Una vez llegados al Gobierno varios de los que ocuparon carteras ministeriales en él todavía cuentan con pasmo las numerosas escenas de alta tensión que el asturiano protagonizó, tanto cuando fue vicepresidente como cuando quedó rebajado a titular de Fomento, en el Consejo de Ministros, un foro en el que caben las discusiones entre los responsables de cada departamento, pero no se concibe que se replique al presidente, algo que sin embargo Cascos hizo a menudo.

La osadía de Cascos la retrata mejor que nada una anécdota que aún no olvidan los funcionarios que trabajaban entonces en Presidencia. El complejo de la Moncloa tiene dos edificios de trabajo principales: el que ocupa el presidente del Gobierno y el que está asignado a la vicepresidencia, junto al cual están también los despachos de los principales asesores del jefe del Gobierno. Ambos edificios están distantes y separados por unos jardines boscosos, de tal manera que sólo hay un camino para ir del uno al otro. El jefe de gabinete de Aznar, Carlos Aragonés, y los colabores del presidente tenían sus oficinas junto a la de Cascos y cada vez que Aznar les requería tenían que pasar por delante de éste para acudir a la llamada. Un día, Cascos, que entre sus numerosos enemigos ya contaba con Aragonés, le prohibió utilizar el camino que une ambos complejos y le ordenó que, para ir a ver a Aznar, caminara por la parte de atrás, de tal manera que no pudiera cruzarse con él. Aragonés lo hizo el primer día, pero comprobó que eso casi le exigía salir de la Moncloa para volver a entrar por la puerta principal, en un recorrido que le obligaba a perder más de media hora. Así que Aragonés hizo caso omiso a la advertencia de Cascos y siguió acudiendo al despacho del presidente por el camino que une ambos edificios.

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