Opinión
Estampas de enero
De las plagas de palomas y gaviotas a la Universidad Laboral
En cuestión de días, con inusual celeridad frente a la instalación que ocupó prácticamente todo el otoño, desapareció de nuestras calles cualquier rastro de iluminación y adornos navideños. Se desvanecen con rapidez los recuerdos de las recientes fiestas.
Vuelta a la normalidad de horarios, rutinas y comidas. A los gimnasios, y a los progresivos incumplimientos de tantos buenos propósitos que se van por el sumidero del día a día.
La cuesta de enero nos ha sorprendido con días de frío invernal, a despecho de calentamientos globales y cambios climáticos, y de luminosidad poco frecuente en estos lares. Al invierno no se lo come el lobo, dice el refrán.
Las bandadas de estorninos regresan también para asombrar, con sus dibujos y vaivenes en el aire, al despistado viandante. Pongan atención en el entronque de las calles Covadonga y Cabrales, entre la Casa de la Palmera y la iglesia de San Lorenzo, si no quieren volver a sus casas con un indeseado regalo en sus cabezas o abrigos. Por su carácter estacional, y con causar molestias, estos pájaros no son especialmente preocupantes.
Problema grave son las auténticas plagas de palomas y gaviotas que causan daños en tejados, y ruidos y molestias cada vez mayores para el normal desarrollo de la vida cotidiana. Consumir en cualquier terraza al aire libre, o ingerir alimentos en las playas en época estival, se está convirtiendo en un deporte de alto riesgo ante la creciente amenaza de estas aves. Particularmente violento es el comportamiento de las gaviotas. Lo último ha sido atacar a un niño, en un patio colegial, para hacerse con su merienda. Nos consta que la concejalía de Medio Ambiente, con el popular Pintueles a la cabeza, prevé intensificar las medidas, contemplando incluso el vuelo disuasorio de aves rapaces. Convendría no retrasar su implementación, ante el creciente malestar ciudadano.
Y buenas noticias para la Universidad Laboral, con su inclusión en la Lista Indicativa del Ministerio de Cultura. Un paso más, y necesario, en el largo y difícil camino para su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad. Lo merece un edificio único, querido por los gijoneses y admirado por los visitantes. Parece decidida la apuesta del Principado, como lo fue en su día el inicio de su restauración, no siempre acertada, en tiempos del presidente Areces, tras décadas de incuria y abandono por prejuicios ideológicos. La última línea sectaria la escribió la ex alcaldesa carbayona de Gijón, no apoyando de inicio su declaración como Patrimonio de la Humanidad; viéndose obligada a rectificar, por vía de apremio, tamaña torpeza.
Este reconocimiento internacional, de conseguirse, no será la panacea pero contribuirá, sin duda, a impulsar los trabajos de mantenimiento y restauración pendientes; y sobre todo a la revalorización de su uso como activo cultural y universitario de primer orden, donde queda por hacer. n
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