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Opinión | Añoralgias

Paseo del bricolaje

Entre ferias, mercadillos y alegría parece un pasodoble de Manolo Escobar, pero describe el paseo de Begoña en ese trajín sobrevenido de montar y desmontar casetas en línea, como Penélope tejía y destejía en Ítaca. Y no es lo que subirá la factura anual de tanto bricolaje como el programa creciente de eventos que requieren un decorado de ferial, entre el Menax navideño y el macro-chiringuito de agosto en la semana grande de la Patrona, en honor de los patrones hosteleros. Cómo no van a pedir en Ribadesella una alternativa al puente que cerrará por obras, viendo en medio de Gijón el desempeño de la cuadrilla de operarios que parece una brigada de zapadores del Ejército, con pinta de tirar una pontona sobre la ría en cosa de semana y media.

Begoña bulle con sus ferias y mercados al aire libre y su tío-vivo de pin y pon. El vecindario se resigna al peaje de sentirse ante un taller de carpintería industrial, con martilleo punzante, electricistas que tiran cable y orugas descargando entre viandantes despistados. Se abre edición y una clientela mixta de nativos y forasteros husmea, compra o solo desfila mirando de reojo al cielo, por si toca desbandada por chaparrón. El cambio climático y eso de que acabaremos siendo el Benidorm del norte no termina de justificar nuestra querencia por ferias y mercados al aire libre, ya sean en Begoña, el Muelle, la plaza Mayor, el Campo Valdés… Opciones de secano frente a escenarios a cubierto y sin bricolaje exprés mediante. No voy a referirme a la desperdiciada ocasión de ver el singular Garaje Asturias convertido en mercado municipal al estilo escandinavo (por si los actuales inquilinos con coche me ponen en busca y captura), pero sí abominaré de la incuria gijonesa, con su Ayuntamiento al frente, en la gestión de los mercados urbanos. De los históricos a los más recientes.

Entre los que resistieron las fiebres del desarrollismo crónico tenemos la Plaza del Sur, alguna vez bajo amenaza de piqueta y hoy a medio ocupar, con un supermercado en el sótano, la planta superior vacía y una tienda de móviles chinos triunfando en la mejor esquina. Peor suerte corrió la antigua Pescadería Municipal, que en estos tiempos de postureo gastronómico atraería a turistas exclusivos, cocineros estelares e influencers fartones. Podría ser hoy sede estable de MasterChef Celebrity y hasta un museo homenaje a les pescaderes de Cimavilla, pero de aquellos mármoles inclinados luciendo manjares del Cantábrico no quedan más que fotografías de archivo. Ya hace 30 años que el progreso los reemplazó por mostradores de oficina administrativa, donde luce lenta y robusta la burocracia.

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