Opinión
Movilidad maoísta
Son 500 calles de París, 499 más que la que Duncan Dhu añoraba cuando éramos tan jóvenes. Medio millar de vías urbanas sin aquella nostalgia de amoríos y colchones, y sin trastos rodantes aparcados en doble cordón. Tan excéntricos son los parisinos que a la propuesta de su Ayuntamiento de echar a los coches de las calles y cambiarlos por vegetación respondieron votando mayoritariamente sí en consulta ciudadana, o dejando patente su indiferencia al respecto quedándose en casa. De modo que la alcaldesa Anne Hidalgo (Ana María de origen, que es de Cádiz) extenderá su plan de "desasfaltado" para que la capital francesa se consolide como referente del urbanismo de proximidad: los servicios esenciales al alcance de la gente en 15 minutos andando. No faltan escépticos convencidos de que el proceso acabará con Le Marais o el Barrio Latino convertidos en un manglar, pero en París, Lyon y Marsella ya hay restricciones de tráfico contra el ozono troposférico, contaminante al que la Agencia Europea de Medio Ambiente atribuye 70.000 muertes prematuras al año en la Europa comunitaria.
Tenemos en nuestro entorno munícipes que califican de dictadura social-comunista esas medidas, abrazados al negacionismo guay.
Gente celosa de sus libertades y despreocupada de las ajenas, muy crítica con el sesgo ideológico pero solo cuando la ideología que sesga no es la suya. A parisinos, milaneses, londinenses, vecinos de grandes urbes en la muy automovilística Alemania o esos escandinavos excéntricos adelantados en el tiempo, los consideran esclavos de la Agenda 2030, funesto invento de un bolchevismo rampante que se habrá atrincherado en Bruselas para secuestrar las instituciones, adoctrinar a 450 millones de súbditos y mandarlos a pedalear carriles-bici por decreto, como en la China de Mao.
Entre frenazos y retrocesos, el tránsito de la ciudad trazada en función de su parque automovilístico a la replanteada pensando en sus seres humanos se perfila lento y laborioso. Podríamos empezar midiendo en nuestras calles el espacio todavía reservado a los coches y compararlo con el de uso peatonal, en Munuza sin ir más lejos. Montar en el Revillagigedo una exposición sobre movilidad (in)sostenible en aceras de escaso metro y medio, y recordar el chaparrón de malos augurios que hace cuarenta años desencadenó la supresión del tráfico rodado en la calle Corrida. Abocada al declive inexorable, advertían, porque quién iba a acercarse a ver escaparates, probarse ropa o comprar princesitas sin poder aparcar frente a la puerta. ○n
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