Opinión
El prodigioso cantautor afónico
La Mandrágora era un Cavern de Liverpool en miniatura. Flotaban nubes de humo gris entre paredes de ladrillo y olía a tabaco negro petroleado cuando accedías a aquel agujero por una angosta escalera, atraído por el dueto de cazús que sonaba a rechifla y buen rollo allí abajo, entre el blues de Les Luthiers y la chirigota de Cádiz. El impenitente forocentrismo —pongamos que hablo de Madrid— localiza el génesis del Universo Sabina en el sótano de la Cava Baja donde una noche bajaron de TVE con un recado de Fernando García Tola y otra desembarcó la CBS con los trastos de grabar un disco (Sabina-Krahe-Pérez) a modo de empujón a la fama; cuando el primero de la terna ya había hecho inventario en otro Cavern de provincias, el Café Concierto de Gijón, donde dejaba un rastro de culto y cogorza para fieles descubridores.
Precursores del apostolado sabinero se acuerdan hoy del Hola pero reniegan del Adiós. Ahora que el bardo de Úbeda se despide postrado en silla sin ruedas, con chuleta electrónica para leer de reojo sus propios versos y esa garganta rasgada del todo, como una sábana centrifugada en lejía. Al lado de esa afonía que al oído se antoja terminal, el timbre cavernoso de Louis Armstrong sonaría a Frank Sinatra, pero los fans desertores de esta larga gira de despedida, que los agoreros tildan de incierta además de depresiva, se pierden el prodigioso espectáculo del cantautor afónico saliendo airoso de su "Ahora que" (se atropellan los conciertos) y triunfante cuando "nos dieron las doce" y se atrevió con sus aires mexicanos, asistido por una banda limpia y apabullante como las que toda la vida presumió de rodearse desde los tiempos de Viceversa. Más cuatro décadas de avances en tecnología audiovisual.
De Gijón se despidió Sabina encantado con los coros, que se saben las letras sin chuleta mediante, y recitando la estrofa que improvisara con Ángel González en la Semana Negra, de lo cual no hubo rastro en los telediarios porque hoy rellenan con picados de bañistas en las playas felicitándose por el calor. Nos regaló un "Peces de Ciudad", fresco como bonito de costera, que recordaba a Ana Belén; en mi caso a la que tenía sentada a mi izquierda, que como yo nunca estuvo de acuerdo en que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Lloré como un grifo mal cerrado. Me acordé de cuando Miguel Acebedo nos metió en la Champions de los Festejos sin vender el alma a un fondo de inversión. Ese minuto de nostalgia y emociones en el que te hablan de Bad Bunny y te suena al conejo cursi de los dibujos animados. Sintiéndolo mucho.
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