Opinión | Añoralgias
Natalie Cole y un viejo bolero
El barracón de aseos del camping Bogstad de Oslo era grande como una explotación ganadera intensiva. Salías temprano de tu cabaña con toalla, neceser y deplorable aspecto legañoso, temiendo empezar el día con una disputa por ganar la posición bajo la ducha. Abrías la puerta de aquel hangar y la experiencia sensorial allí dentro se aproximaba al nirvana: unas docenas de campistas transitaban medio en bolas entre lavabos, retretes y cebolletas. Aliviaban la vejiga, se lavaban, peinaban, acicalaban; mudos de palabra, silbido o tarareo, en un clima casi cenobial. El silencio cósmico si la voz de Natalie Cole no galvanizara de fondo por megafonía.
En la piscina de hidroterapia que en Gijón frecuento por razones de artrosis hay carteles instando a la contención: un "Spa-Relax" te recibe seguido de un "Modere el tono de voz", imperativo sutil que la concurrencia observa guardando silencio… hasta que a eso de media mañana recibe el spa la visita de la Tertulia. Merecedora de ese azulejo que cuelga en algunos bares, versión "Hoy hace un día tranquilo, verás cómo viene un charrán y lo jode", la tertulia balnearia se configura aleatoriamente en tríos, cuartetos, dobles mixtos… abarcando cualquier ámbito o vertiente de la actualidad. Haciéndose oír por encima de grifos que chorrean torrencialmente sobre la concurrencia: "Vaya día que hizo ayer". "Y daben agua de tarde". "En Viesques no hay quien aparque y en Munuza verás qué atascos". "¿Tú de la cadera qué tal?". El volumen de la cháchara ignora llamadas a la moderación. En decibelios rozaría un mercado de abastos la víspera de un puente largo.
Mis últimas esperanzas frente a la contaminación sonora imperante se esfumaron el año pasado, una mañana caminando por Los Moros. Dennis Hopper enfiló la calle a lomos de su ‘Billy Bike’, dando gas a escape libre –el tubo de escape, esa ordinariez, es solo para pasar la ITV– con el estruendo propio de una deflagración. Delante de mí se estremecieron dos peatones de edad provecta, se sacudieron la onda expansiva entre aspavientos y cuando los intuí tirando de móvil para marcar el 092 o pedir cita con el otorrino, escuché la confesión fatal:
–Esto pa mí ye música, tío.
Acerté a llegarme hasta La Manoleta y pedí una infusión. En mi interior sollozaba una adaptación del viejo bolero: "Di que no es verdad lo que murmuran esos dos".
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