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Nuestra señora de Begoña

Gijón celebra el día Grande de su popular Semanona el 15 de agosto, festividad de la Asunción de Nuestra Señora que no es ni mito, ni símbolo sin sentido, sino un dogma de fe, definido por el Gran Papa Pio XI, el 1 de noviembre de 1950, contra viento y marea de incrédulos y algunos cristianos que no admitían que en el pleno siglo XX la Iglesia Católica proclamase ningún dogma, aunque la Sagrada Escritura y la tradición fuesen sus bases seguras. El Papa Pio XII anunció: "Pronunciamos, declaramos y definimos, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la Gloria Celestial".

Una de las bases bíblicas de este dogma se encuentra en el libro del Apocalipsis, en donde sobresale una misteriosa mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. La misteriosa mujer está encinta y las angustias del parto le arrancan gemidos de dolor, frente a ella un terrible y temible dragón rojo espera el parto para arrebatarle el Hijo de sus entrañas. Este texto sagrado ha servido a los apocalípticos e integrados de todos los tiempos para plasmar todos tipos de acontecimientos en los que predominan los cuatro jinetes que siembran el terror la oscuridad, la desolación y muerte, a los que ahora se ha sumado la ambigua, peligrosa y potente IA. Los agoreros tremendistas de turno ignoran que el libro del Apocalipsis nos ofrece una visión de la Teología de la Historia, tal como la plasmó el teólogo de cabecera del Papa León XIV, San Agustín en su memorable disertación sobre "civitas dei", en unos tiempos de desolación y destrucción, cuando los bárbaros destrozaron lo que parecía imposible, la Roma Imperial.

Está claro que la gran semana de Begoña es mucho más que los claros clarines de El Bibio, los fugaces, pero aparatosos fuegos, puro artificio, en lo que llaman noche mágica, y otros muchos sones ruidosos de todo tipo, que no pueden obviar las profundas raíces católicas de las fiestas de nuestros pueblos asturianos. Negar la evidencia da lugar a arbitrariedades laicistas.

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