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Indignación versus horror

Es curioso cómo da vueltas la indignación. Y más curioso aún cómo esta surge ante actos que condenan escalas mayores de atrocidad. Ante la hiperconexión que nos permite conocer con mayor dureza y rigor lo que ocurre en muchas partes del mundo, nuestro sistema inmunitario ético y moral parece prepararse para vivir con indiferencia el sufrimiento que otras personas están padeciendo.

Cuando muchas personas señalan a la luna, los guardianes de ciertos intereses miran el dedo y lo denuncian como inapropiado. Y mientras seguimos en este juego de trileros morales, la luna se está destruyendo.

Esto es lo que está pasando en la Vuelta a España. Hoy entra en nuestras tierras. El pasado miércoles, en Bilbao, la etapa no pudo finalizar porque un gran número de personas encontraron en la prueba ciclista una oportunidad de poner el foco en todo lo que está ocurriendo en Palestina. Un llamamiento a la toma de conciencia para despertar a este gigante que es el planeta ante un genocidio.

Papelón para sus organizadores, que intentan transmitir normalidad en un contexto global que debería revolverse ante el horror aceptado de un pueblo que está siendo exterminado. Podemos enredarnos en debates que nos entretengan y alejen de la reflexión y de la acción que se debiera esperar de una humanidad justa y digna. Pero la realidad es la que es. Niños, niñas, jóvenes, mayores, periodistas, personal médico, cooperantes… están muriendo día tras día, aplastados por la suela despiadada de un Estado desbocado que no encuentra contrapesos que lo detengan y lo resitúen en un mundo que parece deshilacharse poco a poco.

Frente al horror despiadado de la muerte, no cabe otra respuesta que la condena. Y no puede ser una condena tibia. No puede ser algo performativo que nos retroalimente una quietud imposible. No cabe el titubeo. Es difícil parar el ritmo de nuestras latitudes, pero más inexplicable es convivir impertérritos ante todo lo que está –y no está– ocurriendo en Palestina.

¿Cómo vamos a explicar esto dentro de 30 años? ¿Qué les diremos a nuestros hijos e hijas? ¿Qué nos diremos a nosotros mismos? Traten de buscar respuestas. No las hay. Es imposible. Solo la condena absoluta, el bloqueo al agresor, la protección de quienes están sufriendo esta sinrazón caben.

No creo que podamos comparar efemérides históricas indignas. Cada momento histórico tiene su contexto, pero en pleno año 2025, en pleno siglo XXI, la escalada y permisividad a la que estamos asistiendo no tiene parangón.

Quizás debamos revertir esta anestesia a la que nos hemos autosometido. Quizás necesitemos más dedos que señalen la luna para que las fuerzas vivas de nuestro planeta levanten la vista y, ruborizados, empiecen a actuar.

No hay otro camino. Ese es el verdadero reto. Esa es la etapa reina.

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