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Tempus fugit

Es en los cambios de estación cuando uno tiende a darse cuenta del acelerado paso del tiempo. Ya tenemos a los perros retomando nuestro arenal de San Lorenzo, cual multitudinario canódromo al aire libre; pero es que hace semanas, y al mismo tiempo que se retiraban las tradicionales casetas rayadas de la playa, ya se colocaban en nuestras calles los tendidos eléctricos para la iluminación navideña. Algunas tiendas se han llenado de modelos y abalorios para la tétrica e importada fiesta del "jalogüin", lo que aquí fue siempre todos los santos, y los supermercados se afanan también en ofrecernos madrugadoras tabletas de turrón. Ni les cuento la venta de Lotería de Navidad, que es un no parar desde el primero de julio.

Lo de que el tiempo escapa de nuestras manos viene de lejos, ahí está el "tempus fugit" de los clásicos que podría traducirse como el tiempo vuela, pero se une ahora una vorágine consumista que hace que todos los ciclos se adelanten y aceleren, devorándonos como si viviéramos en un centrifugado permanente. Cuando debiéramos estar disfrutando del veranillo de San Miguel, o como mucho añorando ya próximos amagüestos con sidra dulce, nos han colado a Papa Noel en nuestras casas. Y en cuanto pase el seis de enero se nos echarán ya encima las palmas y los bollos de la pascua, para anunciarnos, acto seguido, que ya es de nuevo verano en El Corte Inglés.

El poeta Antonio Machado lo expresó magníficamente en sus conocidos versos: "todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar". Nos pasa el tiempo y sus estaciones unas tras otra, a ritmo de vértigo, mientras nos quedan, en este Gijón, los eternos problemas que llevan décadas enquistados y sin resolver. Y no caeré en la tentación de volver a enumerarlos, para no resultar excesivamente cansino.

Mientras tanto, otro otoño más, las hojas de los árboles caerán a ritmo pausado, porque la naturaleza no parece entender de acelerones ni campañas comerciales; y nos distraeremos con la actualidad de señuelos y aparentes noticias que, al final, no lo son tanto. Ya nos lo decía el Eclesiastés: "las cosas pasadas han caído en el olvido, y en el olvido caerán las cosas futuras entre los que vengan después (…) vanidad de vanidades, que todo es vanidad". Así que quizá lo más recomendable sea no robarle tiempo al tiempo y tratar de disfrutar del otoño, ajenos a prisas innecesarias o a sensacionalismos de ocasión en letra de molde. Dichosos ustedes si lo consiguen.  

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