Opinión

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo
Cienfuegos
Anduvo la muerte enamorada y la vida desatenta con José Luis Cienfuegos. Así describió magistralmente Miguel Hernández la repentina desaparición de un amigo. Perplejo el poeta ante una vida truncada cuando aún prometía tanto. Pero, a quién reclamar, contra qué estrellar la rabia. Cienfuegos se fue tal vez sin él mismo advertirlo. Los demás, como Hernández, contemplamos el vacío, exploramos su forma, lo acompasarmos a nuestro paso y seguimos caminando.
Gijón le debe mucho a Cienfuegos. Mucho. ¿Se lo habrá dicho? Seguramente no. Las ciudades son seres extraños, capaces de brindar la gloria y el zarpazo. Hubo un momento en el que Gijón dejó hacer a Cienfuegos con su festival de cine. Un dejar hacer de esos generosos e interesados a la vez. Fue una decisión inteligente porque aquel muchacho larguirucho y reconcentrado se puso manos a la obra y salió el festival que hoy conocemos. Que para los más jóvenes estuvo siempre, pero muchas y muchos sabemos que no.
La infancia de mi generación está ligada a aquel primer festival de cine infantil que nos llevaba en tropel a las butacas del Arango. Allí estaba el brote verde cinéfilo de hoy. Cuántas veces lo pienso cuando, en cualquier sesión del FICX, miro alrededor y veo mi edad en otras caras. Vivimos la mutación de nuestras pantallas grandonas. Aprendimos mucho y finalmente entendimos lo que es un festival cultural. Una cosa que te centrifuga y te devuelve a la realidad con dudas, certezas y un nuevo kit de supervivencia.
A Cienfuegos le llegó el zarpazo del cese. Y seguramente le dolió mucho y nada. Era ese tipo de persona con frenesí interior, más ocupado en hacer que en calcular ingratitudes. Se fue a Sevilla, luego a Valladolid, y sucedieron dos cosas en paralelo. Una: cambió la fisonomía de los festivales con su maestría, no sólo en la programación sino en el diseño integral del evento. Dos: fue dejando una estela de discípulos capaces de construir a partir de ahí.
En el último FICX, su actual director, Alejandro Díaz Castaño, evocaba en un acto con el alumnado del CIFP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo, una anécdota con Cienfuegos en la época compartida en Sevilla. Una de esas vivencias con lección incrustada, para tomar nota. Quién nos iba a decir entonces que le iba a madrugar tanto la madrugada a Cienfuegos.
Gijón es más Gijón gracias a Cienfuegos, siempre he tenido esa certeza. Hay otros muchos nombres propios haciendo esta ciudad más nuestra. Pero Cienfuegos, José Luis, es uno de ellos. Diablos, llegamos siempre tarde a decir las verdades en voz alta. Pasa la parca y las soltamos, como si hubiéramos estado anestesiados. La prisa de la vida lo pospone todo.
Ha sido así. Para él, para el resto. Y ahora ¿sabrá Gijón dar las gracias a Cienfuegos?
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