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Opinión | La trastienda

La buena política

Sí, la buena política existe. Normalmente está oculta detrás de las malas noticias, los sucesos, las broncas y las malas gestiones vendidas como responsabilidad de otro. Pero está ahí, en el esfuerzo de muchas personas que han asumido la responsabilidad de gobernar como lo que es: un servicio público y temporal.

La buena política se debería definir por sí sola, pero parece más evidente cuando se descubre frente a lo que no es, frente a la política que solo es la ilusión óptica como un mal traspantojo.

No es buena política dejar de gobernar para solo administrar, hacer lo mínimo usando todos los medios disponibles para no molestar a nadie, no provocar críticas, no levantar malos comentarios. En una sociedad como la nuestra, en la que las redes sociales dan voz a todo el mundo, este riesgo es muy visible e implica la paralización y la desgana. Como el administrador de una comunidad de vecinos, esta política cambia bombillas y pinta paredes, pero al marchar ha dejado el portal sin cambios y más viejuno. Ni tiene programa, ni tiene valores, solo el principio de mantenerse en el poder por el gusto de mandar, pero sin gobernar.

Sigue sin ser buena política la que traslada más preocupaciones a la ciudadanía, la que nos cuenta las dificultades de gobernar bajo la justificación de la transparencia cuando en realidad es la simple búsqueda de la rentabilidad del victimismo. Dice un alcalde que conozco que gobernar es gestionar la frustración. Pues esa gestión tiene que quedar en el ámbito privado, en las terapias individuales y no trasladarla a una ciudadanía que bastante tiene ya con sus preocupaciones personales y familiares para que se añada más a su mochila. Si la frustración es insoportable el gobernarte debe recordar que el camino de la dimisión está siempre abierto.

Por supuesto nunca será buena política la que usa el insulto, la bronca y el fango como medio para hacerse oír e incluso atraer. Utilizan el altavoz de ser personaje público para lanzar las palabras como dardos sin un mínimo de razonamiento inteligente. Ese matonismo, ese modelo de abusón de plaza pública es peligroso también por el modelo que muestra y que contagia. Tenemos abusones globales, como nuestro mundo y más cercanos, en la plaza del pueblo. Ninguno hace buena política.

La buena política implica responsabilidad ante lo hecho, decidir hacer o no hacer, tiene riesgos, en ocasiones más el no hacer, pero ante el error, la negligencia o la equivocación grave, el verbo dimitir debe conjugarse en primera persona del singular, porque la política es una ocupación temporal en la que la maleta de volver a casa debe estar siempre preparada.

Existe la buena política, la que mejora la vida de las personas, la que les procura estabilidad y seguridad, la que recupera la esperanza en un presente bueno y un futuro mejor. Me niego a creer que esto es una utopía porque nos lo merecemos, Gijón se merece la buena política.

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