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Opinión | Crónicas de barrio

En La Galería a las once

Pasa la mañana por la Galería, de la calle Los Moros, como un río de asfalto y tiempo, pero aquí dentro, a las once, el aire se espesa con ese ceremonial de barrio que tanto me gusta. Es un universo de zinc y porcelana. Un chico joven pide un café con la urgencia de quien tiene el futuro en los talones, mientras Tere, hierática sobre el papel periódico, ignora el siglo XXI. A su lado, el pequeño Alonso, dos años de puro asombro, busca el ojo de su "güela" en mitad de la tinta y la noticia.

A mi flanco, un paisano domina un bocadillo con la autoridad de un césar, frente a un mostrador que es un altar negro custodiado por cuatro banquetas huérfanas. El grifo de Heineken brilla como un tótem dorado y el calderón, reconvertido en papelera, aguarda el naufragio de las servilletas y los sobres de azúcar. Hay un bodegón de supervivencia en el expositor: tortillas francesas con alma de oro, bizcochos que son nubes de harina y esos sándwiches que sostienen el hambre del mundo. Por la ventana asoman la mujer y la perra Luca, siluetas de un Gijón que se pasea.

El ruido es la música de cámara de la clase media. El estruendo de la cafetera, el entrechocar de tazas y el fragor de las bandejas forman el tejido sonoro donde Sara y Zaida ofician el milagro del servicio. "Todo sube", dice uno; "Me pego con mi padre", confiesa otro, mientras el vapor de la leche caliente intenta amortiguar las verdades. El aroma es un abrazo de aceite frito y grano tostado. Siento la alegría de este punto de encuentro, la acogida de Cipri y Marco, donde el ruido no molesta porque es vida. Me encanta este café; es el refugio donde el "Gracias" de Zaida suena a redención.

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