Opinión
Las hormigas
Hace muchos años, cuando apenas teníamos 15, tuvimos la suerte de jugar a ser mayores desde los micrófonos de Radioscura, un taller de radio de la asociación juvenil "Calle de Nadie". Allí abríamos la emisión a todo el barrio para jugar y aprender a leer nuestro mundo. Música, retransmisiones deportivas, debates, informativos… nada se nos resistía.
Gracias a aquello descubrimos algo que no siempre es evidente: la importancia de contrastar la información. No en vano, en alguna ocasión —cuando alguien nos escuchaba— hubo oyentes que llamaron para corregir lo que estábamos contando. Aquello, lejos de incomodarnos, nos enseñó que comunicar también exige responsabilidad. Fue una época increíble.
Hace unos días escuchaba, con cierta perplejidad, un debate en uno de esos programas de máxima audiencia donde las hormigas hacen reír mientras se opina de todo. En él se lanzaba una afirmación como si fuera un hecho: que los libros tienen un 21% de IVA. Nadie matizó, nadie corrigió. Y, sin embargo, el dato es falso: el IVA del libro en España es del 4%.
Más allá de lo anecdótico, lo preocupante no es el error, sino el contexto en el que se produce. Nadie levanta la mano, nadie introduce la duda. Los chascarrillos, las risas y las indignaciones amplifican el mensaje hasta convertirlo en una verdad compartida. Una cámara de eco más emocional que racional.
Esa misma lógica no se limita a la televisión. También aparece cuando debatimos lo cercano. La frontera entre información, opinión y ficción se vuelve difusa; el entretenimiento se disfraza de criterio y el debate público pierde matices. Mientras tanto, los algoritmos, virtuales y también cotidianos, nos empujan a espacios cada vez menos permeables a la duda, al contraste y al diálogo sereno.
En estos días hemos asistido en nuestra ciudad a un debate político, mediático y social sobre los comedores escolares. Y uno tiene la sensación de que, también aquí, el ruido vuelve a desplazar a lo importante.
Seguimos entendiendo el comedor en los centros educativos como un servicio accesorio, vinculado a la conciliación y gestionado bajo la lógica habitual de la contratación pública: la oferta más barata. Pero basta con tomar algo de distancia para comprender que estamos ante mucho más que eso.
La alimentación es un eje educativo fundamental. En torno a ella se construyen hábitos, se transmiten valores y se generan dinámicas colectivas. Además, su gestión puede convertirse en una oportunidad para impulsar proyectos con arraigo local, vinculados al territorio, al empleo y a una economía con vocación social.
Y, sin embargo, seguimos discutiendo como hormigas: rehuyendo el debate, lanzando balones fuera y confundiendo el ruido con el criterio.
Quizá convendría recordar que hay decisiones —como la alimentación— que no admiten ni superficialidad ni consignas. Porque, mientras debatimos sin escuchar, corremos el riesgo de olvidar lo esencial.
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