Opinión
Gijón: ¿Ciudad o parque temático?
Gijón corre el riesgo de morir de éxito. Es una advertencia que resuena con fuerza, pero la ciudad parece empeñada en su propia "autofagocitación". Bajo el brillo del turismo de temporada y el auge de las segundas residencias, subyace una degradación social silenciosa: la expulsión de los gijoneses del día a día. Sin duda, una ciudad sin ciudadanos no tiene alma; se convierte en un simple espacio geográfico diseñado para generar dinero, perdiendo su identidad más genuina.
La trampa del disfrute momentáneo es el modelo que se busca. Basado en el placer inmediato, esconde una debilidad estructural. Se nos vende la fiesta y el turismo como elementos perdurables, pero para muchos residentes, quedarse en su ciudad se ha convertido en un anhelo inalcanzable. Mientras lo superfluo inunda las calles, se escapan las oportunidades de inversión real, el talento internacional y el desarrollo de la nueva economía industrial que Gijón necesita.
Gijón es una ciudad privilegiada, conectada emocional y físicamente al mundo por su pasado industrial, su clima y su vibrante vida cultural. Sin embargo, este potencial está atenazado por tres grandes lastres: una ciudad con una comunicación deficiente, un problema habitacional asfixiante y un desarrollo económico-industrial anémico.
El derecho a quedarse o retornar a nuestra villa es una cuestión de justicia. Garantizar este derecho no es solo un deseo, es una obligación de los gestores políticos. Si esto falla, no solo perdemos industria o riqueza, perdemos ciudadanos. La parálisis de las grandes infraestructuras -maquillada por el "pseudo-AVE"- no se compensa con el supuesto éxito de un sector servicios donde el pequeño empresario sobrevive a duras penas y el gran capital explota una mano de obra que ya no puede permitirse vivir en la ciudad.
Hoy, la perspectiva de desarrollarse en el Gijón de nacimiento o de elección es casi una quimera. La presión inmobiliaria es el factor que brilla con más oscuridad: en la última década, el precio de los alquileres se ha disparado sin que los salarios hayan seguido el mismo ritmo, empujando a familias y jóvenes hacia nuevas periferias, no solo geográficas, sino económicas y de exclusión. La vida y el retorno ya no son posibles ni siquiera en barrios del extrarradio, y cada vez más nos escapamos a vivir a concejos del interior como Siero, Llanera y, en menor medida, Langreo. Los ayuntamientos costeros vecinos también se han vuelto prohibitivos.
Por ello, nos encontramos ante la necesidad de volver al barrio para recuperar la ciudad. Sería ingenuo y populista culpar exclusivamente a los políticos, hay muchos otros actores corresponsables y con poder en la villa, pero hay que mandar un mensaje a todos: hay que replegar y volver a la esencia: el barrio como unidad básica de vida. Como se decía en la Barcelona preolímpica -idea que Vicente Álvarez Areces trasladó con éxito al Gijón de finales del siglo XX-: "Arreglando un barrio comenzamos a arreglar el mundo".
Una vez olvidado el Área Central o la Ciudad Astur, Gijón debe elegir qué quiere ser: un parque temático capitalista y turístico para los que vienen de paso, o una ciudad con alma para quienes la habitan, la trabajan y la sueñan cada día. El derecho a la ciudad es, por encima de todo, el derecho a no ser expulsado de ella. El monocultivo del turismo y la presión inmobiliaria amenazan con vaciar de "alma" la ciudad. Si vivir en Gijón se convierte en un privilegio, la villa dejará de ser una comunidad para ser solo un negocio; un destino hacia el que unos pocos empujan a la gran mayoría.
Ezequiel Cala Arias es militante socialista
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