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Opinión | Comentarios al paso

De autorías y obras

Cuando nos ponemos en plan hermeneutas, es decir, cuando nos erigimos -creadores y consumidores- en intérpretes de un producto artístico, trátese de una canción, un cuadro, una película, un texto literario…, solemos incurrir en confusiones inaceptables por más que se repitan y repitan.

Primera confusión: Tendemos a atribuir al autor o autora los rasgos más sobresalientes de sus productos. De tal modo operamos que, si Sabina canta a un pirata cojo con cara de malo, parche en el ojo y pata de palo o Rosalía interpreta una canción con resonancias místicas, al primero le otorgamos en seguida el título de canalla inofensivo y a la segunda la internamos de inmediato en un convento de clausura. Y no. No es frecuente, ni mucho menos, que la persona admirada se adorne con los rasgos que caracterizan a sus obras. Recuerden, en cualquier ámbito en el que se desenvuelvan, sus propias decepciones al conocer personal y directamente a aquellos creadores cuyas obras llegaron a venerar tanto.

Segunda confusión: En muchas ocasiones, los autores o autoras, con la excusa de ir modulando su propia potencia creadora, se identifican de tal manera con los personajes que han ido construyendo paso a paso que se funden y confunden con ellos, especialmente si gozan del favor popular. Camilo José Cela, acuérdense, principal representante de la denominada narrativa tremendista, se sentía cómodo en el papel de persona irreverente y escatológica. O piensen en Fernando Arrabal, inventor del teatro pánico y miembro fundador de la cofradía de la patafísica, que aún se prodiga en apariciones públicas provocadoras, histriónicas, epatantes Y no. La mejor recomendación ante la dicotomía entre obras y autorías es aquella que aconseja prestar la menor atención posible al rango o categoría humana de los artistas. Porque casi siempre se olvida o ignora lo principal: la autonomía de la obra.

Yerra el artista ensoberbecido que cree que su persona merece los mismos elogios que merecen sus obras. Error de numerosas figuras que deambulan por todas las esquinas públicas del arte; soberbia que ahorma o moldea el pan de cada día de las variadas modalidades creativas y los diferentes escenarios artísticos. Se equivoca del todo el artista si las considera una radiografía fiel de su personalidad, de su propia alma. Y yerran, por el camino inverso, los inquisidores modernos cuando proyectan críticas negativas sobre determinadas obras o, aún peor, llegan a cancelarlas radicalmente por pertenecer a artistas aquejados por indiciarios comportamientos reprobables, sean fehacientes o inventados. Italo Calvino, periodista y escritor italiano, al hablar sobre literatura, afirmaba, enigmático: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

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