Opinión | El disfraz de las mentiras
Traicionar la memoria
La semana pasada Aimar Bretos estrenaba programa en "La Sexta" y tuvo a bien elegir a José Sacristán como primer entrevistado. Aimar le pregunta cómo titularía la película de su vida, y el actor responde que "Delantera de gallinero" y nos conduce con su maravillosa voz a su Chinchón natal y al niño que fue. Un niño que, cuando la película era autorizada y su madre o su abuela tenían dinero, encontraba la felicidad en el cine de su pueblo, pidiendo la entrada uno o tres de delantera de gallinero. "Le tengo mucho cariño y mucho respeto al niño que fui", prosigue Sacristán, y afirma que lo sigue teniendo muy presente en su vida: "en mi caso yo no quisiera hacer nada y que este crio me dijera ‘vete a la mierda, no se traba de esto’. Nunca traicionaría la memoria del niño que fui".
El escritor Sergio del Molino ha escrito un libro excepcional titulado "La hija" en el que recrea la figura de Rosario Weiss, pintora española del siglo XIX, discípula y supuesta hija de Goya. Al mismo tiempo, realiza una minuciosa descripción de una época que tan bien nos define como nación. En un momento de la historia, Rosario le cuenta al narrador de la primera parte, Juan Antonio Rascón, que el arte de hacer un buen retrato consiste en percibir que todos tenemos dos caras, aunque no nos demos cuenta. "Hay una cara para el mundo y otra para la vida, y el retrato tiene que mezclarlas". Lo ejemplifica Rosario con el retrato que el maestro Vicente López le hizo a Goya y que hoy podemos ver en el Museo del Prado. En ese retrato, afirma Rosario, está el Goya digno, el príncipe de los pintores, pero a la vez el viejecito sordo al que hay que apartar de la calzada para que no lo arrollen los carruajes cuyo trote no oye.
Quizá la clave del retrato, del buen retrato, esté en sacar a ese niño que todos llevamos dentro y en saber si nos está mandando a la mierda o no. Si bien la infancia es muchas cosas y puede albergar infiernos y monstruos, también es el territorio de lo que está por hacer, de soñar e ilusionarnos. Pero no solo la infancia, sino cualquier momento clave de nuestra vida. Pienso en la clase política en ese momento de los sueños que es el previo a la campaña electoral. Me los imagino queriendo, en la medida de sus responsabilidades, lo mejor para su ciudad, región o país y creo que más interesante que difundir sus declaraciones de la renta, sería encargar un buen retrato a un maestro o maestra de la pintura que supiera mezclar su cara para el mundo, que supiera trasmitir si el niño o la niña que fueron los puede mirar a la cara sin mandarlos a la mierda, que supiera decirnos si han traicionado su memoria.
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