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Opinión | Crónicas de barrio

Peluco, testigo de los pasos que entran y salen en la Basílica

Son las cinco en punto y la lluvia cae mansa sobre Gijón, envolviendo la ciudad en un manto gris y nostálgico. "Peluco", un hombre sin techo que conoce bien el frío de las esquinas, enciende un cigarro en la puerta de la Basílica. El humo se mezcla con la llovizna persistente, mientras la piedra húmeda del templo parece guardar un silencio cómplice con su presencia. Desde su rincón estratégico, observa cómo los paraguas de colores se pliegan con rapidez en la entrada, como si la lluvia fuera el heraldo que entrega a los turistas a aquel refugio sagrado y centenario.

Adentro, el ambiente cambia; las vidrieras brillan con una intensidad especial y el Sagrario resplandece bajo las luces tenues. Los bancos de madera acogen plegarias silenciosas. Santi Espolita, refugiado en uno de ellos, pide con fervor por la salud de su mujer. "Peluco" lo observa de lejos, sintiéndose parte de esa cadena invisible de súplicas que flota en el aire. Una gijonesa recién llegada de Suiza se detiene emocionada ante la Virgen de Covadonga, mientras las flores frescas de la florista de Arco Iris perfuman las tardes lluviosas de este mayo asturiano.

El tiempo avanza inexorable: el reloj de la calle Jovellanos marca las seis. En el interior, Raquel agita su abanico con ritmo constante y los móviles suenan como intrusos modernos en un espacio eterno. "Peluco" sigue allí, en la puerta, siendo el testigo mudo de los pasos que entran y salen, del rumor lejano del tráfico y de los perros que ladran al pasar. A las siete y media, cuando el padre Pablo inicia la última misa, "Peluco" apaga su cigarro y se persigna. Quizá no tenga un banco asignado, pero en la Basílica tiene un sitio, como a uno más del barrio.

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