Opinión
Turismo y calidad
El calendario festivo del concejo se inauguró el pasado fin de semana, como manda la tradición, con las fiestas de la Abadía de Cenero. Y siguiendo también la tradición, y a despecho de sus sufridos parroquianos, no faltó la lluvia a la cita según el tradicional dicho: “con paraguas y alegría voy pal Cristo l’Abadía”.
Ello a pesar de que el puente del primero de mayo resultó, en lo climatológico, más benigno de lo inicialmente anunciado, y todo un éxito en lo turístico, con paseos, calles, locales hosteleros y alojamientos a reventar, como si fuera un preludio del cercano verano. Cómo acertadamente puso en evidencia este diario se hizo notar también, de forma especial, la invasión de despedidas de soltero/a. Nuestra villa parece haberse convertido en la meca norteña de este tipo de turismo, no pocas veces molesto, y que contribuye más bien a rebajar nuestra buscada imagen de calidad como destino turístico.
Son muchos ya los establecimientos hosteleros gijoneses que tienen vetado el acceso a estos grupos, por lo general propicios al barullo y la tangana. Se desconocen con exactitud las causas que nos han convertido en destino prioritario de este sector. Algunas pueden ser meramente geográficas, como una localización en el centro de la cornisa Cantábrica, que permite confluir fácilmente a juerguistas de uno y otro extremo de la misma. Algunos también apuntan al desmadre local en los horarios de cierre de los establecimientos de ocio nocturno, sin límite ni control alguno. Lo que nos convierte en caldo de cultivo asegurado para este turismo barato de disfraces y borracheras.
Está claro que la prohibición de las despedidas, por lo demás legalmente irrealizable, no es la solución. Pero si deben estudiarse, e implementarse, medidas disuasorias, que ahuyenten las peregrinaciones masivas, a nuestra villa, de solteros salientes en determinadas épocas del año, si es que de verdad queremos afianzar un sello de calidad propio en lo turístico. El veto de muchos locales hosteleros ha sido ya un primer paso, pero deberían intensificarse los controles y sanciones a los grupos juerguistas que provoquen alborotos o altercados callejeros. Al igual que una regulación eficaz de los horarios nocturnos de los establecimientos de ocio, siguiendo los modelos de otras ciudades cercanas que ya tienen recorrido y experiencia en la materia, salvo que aspiremos a seguir siendo Jauja para los amantes de las noches sin fin.
No se trata de eliminar de golpe y porrazo las despedidas de nuestras calles. Pero sí de poner coto a un crecimiento que parece ya desmadrado. Los ingresos que generan a contados establecimientos hosteleros y hoteleros, no justifican, en modo alguno, las posibles molestias al común de la población, y mucho menos la degradación que suponen para la imagen turística de la ciudad.
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