Opinión | Caloninos en el Cantábrico
Gaviotas, aguiluchos y un murciélago
Sobre el Simancas, el control de aves y el turismo
En una ciudad que alza el vuelo no es de extrañar que, por unas razones o por otras, distintos animales alados hayan sido protagonistas esta semana, desde la campaña de control de las gaviotas hasta quienes pretenden mancillar la inmaculada trayectoria del colegio de los jesuitas con un temerario revisionismo atacando como las águilas, desde arriba y con afán depredador, a la Compañía de Jesús. Pero sin duda, lo más llamativo fue comprobar que la fachada costera de la capital marítima del Principado tiene forma de murciélago.
El paralelismo del nuevo logo turístico de Gijón con el mamífero de las cinco vocales fue el comentario más repetido en la puesta de largo que se celebró el pasado jueves en una abarrotada colegiata de San Juan Bautista. El primer objetivo de causar impacto se logró con creces. Otra cosa será que los gijoneses, tan alineados ya con las Letronas, vayan haciendo suya una imagen que, según sus autores, busca reflejar la voz de los residentes. Es de reconocer, eso sí, los esfuerzos que se llevan a cabo desde la Casa Paquet por ordenar el turismo que llega a la ciudad. No es una tarea sencilla, ni mucho menos, porque, a pesar de la apuesta por desestacionalizar el flujo de visitantes, es difícil contener a quienes han descubierto Gijón (y Asturias en general) como un oasis en el que cobijarse durante los meses de verano para huir de las temperaturas infernales que azotan a buena parte de España en los últimos años. Cierto que, un equipo capaz de impulsar una campaña como la de "Gijonomía" siempre merece un voto de confianza.
Más exigentes se debe ser en cuanto a las incómodas aves que perturban la tranquilidad ciudadana. Ya no basta con contener la población de gaviotas y palomas en la ciudad como se hace desde el área de Medio Ambiente. La conducta de estos animales hace tiempo que constituye un peligro, especialmente en zonas de ocio como las terrazas hosteleras o las playas de la ciudad. Ya no son sólo la suciedad e incomodidad que generan. Los ataques que protagonizan van cada año a más como para plantearse en serio medidas que diezmen de una vez la población de patiamarillas. Con valentía, por mucho que algún grupo minoritario ponga el grito el cielo como si esto fuera una película de Walt Disney. O se pone freno a esas minorías o acabaremos todos como el toro Ferdinando.
También de película de ciencia ficción ha resultado el conflicto por la obra de Manuel Álvarez Laviada. Cúmplase la ley, por supuesto, pero esas intenciones espurias de intentar vincular a los jesuitas con tiempos oscuros, cuando fueron los primeros en querer borrar todo rastro del pasado sin que les dejasen, mucho antes de cualquier debate a pie de calle, roza la sinvergonzonería. En el colegio siempre se educó con fe en la libertad.
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