Opinión | Comentarios al paso
Auto de fe
Hace muchos, muchos años, un turista francés recaló en Sevilla, donde residía temporalmente la corte real. Los galones habían atracado; todo respiraba abundancia y alegría en la más bella estación del año. Al final de una alameda de naranjos y limoneros, vio una especie de inmenso palenque rodeado por una gradería cubierta de paños preciosos. El rey, la reina, los infantes y las infantas estaban bajo un soberbio dosel. Enfrente de la augusta familia había otro trono, pero más elevado, como si se reservara para un dios. Se figuraba el turista francés que se aprestaba a asistir a alguna cabalgata o alguna fiesta de toros cuando el inquisidor general accedió a aquel trono superior desde donde bendijo al rey y al pueblo. Después vio llegar un ejército de frailes desfilando de dos en dos, blancos, negros, grises, calzados, descalzos, con barba, sin barba, con capucha puntiaguda y sin capucha. Detrás venía el verdugo. Y a continuación divisaba, en medio de los alguaciles y los nobles, a unas cuarenta personas cubiertas con sacos en los que habían pintado diablos y llamas. Eran judíos que se habían negado rotundamente a renegar de Moisés, cristianos incestuosos que se habían emparejado con sus comadres, o que no habían adorado a Nuestra Señora de Atocha, o que no habían querido desprenderse de su dinero en favor de los frailes jerónimos. Se cantaron con mucha devoción bellísimas plegarias y luego quemaron a fuego lento a todos los culpables. De modo que toda la familia real pareció quedar muy edificada.
Al día siguiente, el turista francés fue obligado a presentar sus reverencias ante el inquisidor general, un hombre extremadamente cortés, quien le preguntó que qué le había parecido su pequeña fiesta. A lo que el visitante francés contestó que le había parecido deliciosa. Y con esas, salió corriendo en busca de sus compañeros de viaje para escapar del país, por más hermoso que este fuese, cuanto antes. Recordó haber leído los memoriales del famoso obispo de Chiapas, en los que se relataba que para convertir a los infieles de América se degollaron, quemaron o ahogaron a diez millones de nativos. El turista francés pensó que aquel obispo, de nombre Bartolomé de las Casas, quizás exagerase; pero pensó también que, aunque se redujesen los sacrificios a cinco millones de víctimas, seguiría siendo algo admirable.
Obsérvese la afilada, punzante y despiadada mordacidad con que se adorna el auto de fe que presencia el protagonista gabacho del relato, fácilmente explicable si les confieso que lo tomé, casi tal cual, del cuento del corrosivo Voltaire (1694-1778) que titula “Historia de los viajes de Escarmentado escrita por él mismo”.
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