Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Crónicas de barrio

El 13 de mayo en mi barrio

El cielo se viste de azul claro, sin nubes blancas. Limpio. La niebla se ha retirado ya. El reloj de la calle Jovellanos, parece dormido en la pared; las manecillas avanzan con una lentitud perezosa. De pronto, un leve estrépito: las persianas despiertan, se acercan a las nueve de la mañana. Se abren los ojos de las casas. El horizonte claro recorta la silueta de los edificios cercanos. Llega la luz. Una luz joven, brillante.

Abajo, en el asfalto, una voz grita llena de mal genio. Es un instante roto. Luego, el clamoroso concierto de voces, de motores, de coches que inician su jornada. Un niño va al colegio de la mano de su madre; de vez en cuando, salta. Su alegría es rítmica. Un perro caniche ladra con decisión, reclamando su espacio en la mañana.

El oleaje pardo y rojo de los tejados brilla bajo un sol suave. Las ventanas permanecen expectantes. Un coche silencioso, eléctrico, pasa por la calle; apenas un susurro sobre el pavimento.

Avanza el mediodía. Una multitud abigarrada toma el vermut en las terrazas de los alrededores. Armando y Gema, amigos del cronista, lo invitan a un aperitivo. Acaban de ser abuelos de una niña, que se llama Diana. Risas, tintineo de cristales, palabras cruzadas. También mi amigo Juan y su perro Harry pasean como dos viejos amigos, por mi calle. Después, a las dos de la tarde, el reflujo. La calle queda en reposo. Se respira una sensación agradable en la calle. Todo es paz. Todo es, de nuevo, pequeño y eterno. Como la vida en mi barrio.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents