Opinión
Gijón, sin artificios
La nueva identidad turística de Gijón que se acaba de presentar, llega acompañada de un discurso interesante: apostar por una ciudad más coherente, más reconocible y con una estrategia clara de posicionamiento. Y, sinceramente, creo que ese planteamiento es necesario. Las ciudades ya no compiten únicamente por atraer turistas; compiten por construir una identidad sólida, diferenciada y sostenible en el tiempo.
En ese sentido, resulta muy positivo que desde Turismo exista una reflexión sobre qué ciudad queremos proyectar y hacia dónde queremos caminar. Porque una marca no debería ser solo un logo o un eslogan: debería ser la consecuencia visible de una visión global de ciudad. Sin embargo, es precisamente ahí donde aparece la contradicción.
Mientras se habla de estrategia, posicionamiento y diferenciación, seguimos asistiendo a una programación cultural y de ocio desde Divertia que, en muchos casos, parece responder únicamente a una acumulación de actividades. Gijón lleva años cayendo en cierta ansiedad por llenar el calendario: festivales, conciertos, eventos, actividades masivas… propuestas que muchas veces funcionan de manera aislada, sin ninguna relación entre sí y, lo más importante, sin cuidar la identidad que supuestamente se quiere construir. La gestión cultural no debería medirse únicamente por la cantidad de público o por el número de eventos programados. Una ciudad no se posiciona solo desde el ruido. También lo hace desde la coherencia.
Porque atraer miles de personas un fin de semana no significa necesariamente generar valor a largo plazo. De hecho, muchas ciudades europeas están empezando a cuestionar precisamente ese modelo basado en la saturación constante de actividades y en un turismo rápido, intensivo y poco conectado con el territorio. Y quizá ahí esté precisamente la gran fortaleza de Gijón: que no necesita nada más para resultar atractiva.
Gijón ya tiene identidad propia. Tiene mar, montaña, gastronomía, cultura, comercio local, escala humana y calidad de vida. Tiene una forma de habitar la ciudad que todavía permite pasear, detenerse, conversar y disfrutar del espacio público sin prisas. Quien llega aquí no necesita un programa incesante de actividades para entender su valor. Su autenticidad es mucho más poderosa que cualquier estrategia basada únicamente en generar impacto o cifras de asistencia. Por eso quizá haya llegado el momento de preguntarse no cuántas actividades queremos programar, sino qué relato construyen todas ellas en conjunto. Qué imagen dejan. Qué ciudad dibujan.
Porque si realmente existe un plan estratégico para posicionar Gijón, ese plan debería atravesar todas las decisiones: turismo, cultura, urbanismo, programación y espacio público. No basta con diseñar una nueva identidad visual si después la ciudad transmite mensajes contradictorios. Porque lo más valioso de Gijón no es lo que se puede programar, sino lo que ya posee de forma natural.
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