Opinión | Crónicas de barrio
Mis amigos Magali y Adrián
Ayer entré en la Caja Rural a eso de las once, cuando la mañana ya ha cogido cuerpo y el sol templa la piedra de la calle. Me tocó Adrián. Da gusto ver a un chaval tan dispuesto y tan mirado para sus cosas; me despachó el asunto con una diligencia limpia, sin rodeos. Como se le nota que es leído y que tiene sensibilidad para el prójimo, me arrimé un poco y le solté el envite: «Hombre, Adrián, tú que ves pasar tanta vida por este mostrador, deberías hurtarle diez minutos al día, para apuntar en un cuaderno las cosas ves desde tu mesa. Eso ensancha el alma». Al rapante se le mudó un poco el gesto, con ese reparo tan nuestro de no saber qué decirle al papel en blanco, pero uno es terco y no pierde la esperanza de que acabe aficionándose.
Andaba todavía por el pasillo cuando me tropecé con Magali. Qué agradable mujer y qué bien lleva su sitio; es, sin faltar a nadie, el alma verdadera de esa casa en Gijón. Venía alta, morena, muy compuesta con un traje verde que le caía de nones, y con esa sonrisa de veras que gasta siempre.
—Venga, vamos a tomar un café al Central —me dijo, con esa naturalidad de la gente trabajadora.
Luego, ya en el Central, el café se nos volvió té con limón, por aquello de mirarse un poco la salud, que ya vamos teniendo una edad. Le solté mis dudas económicas y de números, que a mí me nublan el juicio, y ella me las aclaró en un santiamén, con palabras llanas. Después nos pusimos a hablar de lo principal: de que lo primero es la persona, el trato de tú a tú, y que al cliente hay que quererlo y cuidarlo como a un vecino.
Como uno lleva el oficio de contar la vida metido en los huesos, le pedí lo mismo que a Adrián: diez minutos de escritura al día, para no dejar que los días pasen de largo sin enterarnos. Magali me miró, sonrió de esa forma suya tan noble, y me dijo que sí, que lo iba a hacer. Salí a la calle con el cuerpo ligero, pensando que, a fin de cuentas, el mundo se sostiene gracias a la buena condición de la gente.
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