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Opinión | El disfraz de las mentiras

Tengo un sueño

A Gijón ayer (nada nuevo por otro lado) le dio por amanecer guapo. A eso de las ocho de la mañana en el muro se mezclaban gentes que corrían con los caminantes locales, que a buen paso iban en dirección al puente del Piles para después enfilar, probablemente, hacia La Providencia. Había paseantes con perros que miraban golosos el arenal de San Lorenzo, surfistas en busca de alguna ola y peregrinos del Camino con rumbo a San Pedro. En la Escalerona un grupo de jóvenes apuraba todavía el sábado noche con un chapuzón en el que todo eran risas y en la Rampla los de siempre celebraban su ritual diario. Probablemente nadie había leído aún los periódicos y todo lo que se respiraba era paz. Una paz ajena al ruido del túnel de Aboño o al del Muro o al del metrotrén. Todavía sin tiempo para discutir sobre playas verdes, navales azules, patinetes que primero son que no (en el Centro, claro) y después que ya veremos, sobre esa Tabacalera que aún no es, pero ya sueña con recibir al Museo del Prado, aparcamientos en la Avenida de Portugal, esas escaleras que quién sabe si serán en la Cuesta del Cholo, comisiones de fiestas de barrio o Universidades Privadas que parece que no van a impartir ni Filosofía, ni Filología Clásica. Todo ello lo apaciguaban el sol que asomaba por el Cabo de San Lorenzo y la calma del mar.

En las escalinatas del Monumento a Lincoln, en agosto de 1963, Martin Luther King pronunció su famoso discurso en el marco de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos: "Yo tengo el sueño de que un día en las coloradas colinas de Georgia…" y a mí me pasa algo similar cada vez que visito San Sebastián y la comparo con nuestro Gijón: también tengo un sueño. Algunos podrán pensar que añoro una playa sin edificios que den sombra en el arenal, otros quizá imaginen que el sueño es la pesadilla cercana de ver cómo en la ciudad guipuzcoana cada vez nos parezca más asequible tomar una café, no porque allí hayan bajado los precios, sino porque aquí los han subido.

No, mi sueño es otro, mucho más humilde; un sueño que creo que no generará mucha polémica, ni cientos de comentarios en las versiones digitales de los periódicos. Tampoco creo que sea tan caro como soterrar el tráfico del muro y no requeriría siquiera encargar un estudio previo por unos cuantos miles de euros a una consultora externa. A mí lo que me maravilla cada vez que voy a San Sebastián y me baño en la playa de la Concha es que ese maravilloso invento para lavarse los pies llenos de arena está en el paseo y no en la playa. Es un prodigio de la ingeniería. Serán cosas del cupo vasco.

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