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Opinión | Crónicas de barrio

Encuentro entre lo viejo y lo nuevo

El Palacio de Revillagigedo se alza como una imponente fortaleza de piedra gris oscura, con sus robustas torres almenadas mirando con orgullo hacia el mar Cantábrico. Sus gruesos muros guardan siglos de memoria oculta, el eco lejano de condes solemnes y marineros audaces que un día pasaron por la concurrida plaza gijonesa. Pero hoy, justo al pie de su majestuosa fachada barroca, ya no resuenan viejos pregones ni carruajes de caballos: en su lugar suenan modernas motos que arrancan con prisa en la calle Marqués de Casa Valdés, risas espontáneas de jóvenes que bajan charlando hacia el barrio de Cimavilla, y también el constante tintinear de las cucharillas de café en las terrazas vecinas.

El palacio parece escuchar todo ese bullicio moderno con una infinita paciencia de piedra. Los solemnes balcones que un día lejano fueron mirador exclusivo de la nobleza local ahora miran curiosos los coloridos escaparates comerciales, los semáforos que regulan el paso y los grupos de turistas con teléfonos móviles en alto. En los arcos porticados de la entrada, donde antes se adivinaban escudos heráldicos y rigurosa solemnidad, hoy se detiene brevemente un grupo de viajeros despistados que consultan con atención un mapa digital en sus pantallas iluminadas.

Lo antiguo y lo nuevo se dan la mano de forma sutil en esta esquina de la ciudad, conviviendo sin llegar a rozarse demasiado. El granito noble y desgastado de las torres sostiene con firmeza la ligereza del presente. El rumor vibrante de la calle sube limpio por las cornisas barrocas, y, al caer la tarde, la iluminación artificial resalta con maestría las molduras y los pináculos, mientras el intenso tráfico continúa su marcha. El Revillagigedo permanece inmutable, y en su duradera permanencia caben perfectamente lo viejo y lo nuevo de nuestros días.

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