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Opinión | Crónicas de barrio

El golazo de Madrid

Madrid amaneció con el cielo recién estrenado. Un azul limpio, lavado por el aire que baja de la sierra para barrer el polvo de las calles y despeinar las prisas. La ciudad tenía algo de domingo y algo de verbena. La alegría caminaba por las aceras como un vecino más.

Desde primera hora comenzaron a llegar los jóvenes. El Metro los iba dejando en la superficie como quien arroja flores sobre una plaza. Mochilas al hombro, banderas al viento, camisetas de todos los colores. Venían de Vallecas y del barrio de Salamanca, de Villaverde Alto y de Móstoles, de parroquias humildes y colegios de prestigio. Madrid entero parecía haber recibido una misma invitación.

El Bernabéu los esperaba. Acostumbrado al estruendo de las grandes noches de fútbol, acogía ahora otra pasión. Las gradas se fueron llenando despacio, como se llena una plaza mayor en el día de la patrona. Sonaban canciones, risas, conversaciones cruzadas de una fila a otra. Eran miles, pero tenían el rostro cercano de la gente que uno saluda cada mañana.

Y entonces apareció el Papa.

La figura blanca avanzó sobre el césped entre una ovación inmensa. Caminaba despacio, con esa lentitud que no es cansancio sino autoridad. Saludaba con la mano, pero también con los ojos. Y los ojos, cuando son sinceros, llegan más lejos.

Habló de Dios sin retórica. Habló de no encerrarse en sí mismos, de ser testigos de Cristo, y constructores de paz. Mientras tanto, la tarde iba dorando las tribunas con una luz de cobre viejo.

Y de pronto llegó la frase.

—Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre.

El estadio estalló. Los jóvenes saltaron, cantaron y se abrazaron. Por un instante, el Bernabéu dejó de ser un estadio. Fue una inmensa plaza española donde la fe, vestida de juventud, marcó un gol en el corazón de Madrid.

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