Opinión
Un soplo de esperanza
Hubo quien dudaba sobre la oportunidad del momento actual, en medio de marejadas políticas y polarizaciones sociales, para una visita papal a nuestro país. Pero fue llegar León XIV a nuestra tierra y disiparse cualquier duda.
Solemne y sobrio, como corresponde a nuestra tradición histórica, el recibimiento en el Palacio Real que, desde hace sólo unos años, centraliza los actos de recepción a los jefes de estado que visitan nuestra nación. Fue el primer pontífice que visitó la capilla de palacio, donde los Reyes le habían preparado, como sorpresa, la intervención de la escolanía del monasterio agustino de El Escorial. Precisamente en su primera intervención el Papa invitó a huir de “narrativas divisivas y polarizantes”; mientras Felipe VI, muy acertadamente, recordaba que “la fe católica está enraizada en nuestro país y sin ella -bien lo sabéis- nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían”. Parecían palabras premonitorias de lo que vendría en las próximas horas.
Madrid, en esta primera etapa del viaje papal, se volcó sin reservas con León XIV. Más de medio millón de jóvenes le acompañaron orando, respetuosamente y en silencio, en la vigilia del pasado sábado. Y la multitud, que sobrepasó muy holgadamente el millón de almas, se desbordó al día siguiente en la misa y procesión del Corpus. Todo un desmentido a esos titulares que reiteradamente hablan del vaciado de nuestros templos, o de la reducción del número de españoles que se declaran católicos. El Papa pidió entonces que “la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy”.
Histórica también la primera visita de un Papa al Congreso de los Diputados. Allí ante los representantes de la soberanía nacional hizo un canto a la paz, la acogida, el rearme moral de la escena pública, y la defensa de la vida desde su concepción hasta su fin natural. Un mensaje medido y certero, como todos los de un Papa poco dado a la improvisación o a las ocurrencias.
León XIV no deja por ello de transmitir serenidad y cercanía, y le hemos visto reiteradamente emocionarse y conmoverse ante las muestras de cariño y admiración con que ha sido acogido en nuestro país. Un Papa que ha traído un soplo de aire fresco y esperanza a esta nación cuando más los necesitaba. Cómo acaba de decir un conocido comunicador, agnóstico declarado pero orgulloso de la tradición católica en que se educó, “es muy posible que la belleza de los ritos, la elegancia del Palacio Real, el encanto de Gaudí y la alegría de los fieles sean siembra de fe y cosecha de amor a España, a la puerta de una recristianización que supondría una recuperación nacional”.
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