Opinión
Animalinos
Historias cotidinadas y celebraciones
Tuve la mala suerte hace unos días de que mi vecina de asiento en el madrugador tren de Madrid a Gijón –me niego a llamarlo AVE pese a la propaganda regional, pues al salir de los túneles de Pajares parece que uno se va a dar un paseo por la Europa del este de hace unas cuantas décadas– llevase un perro sobre sus brazos. Ignoro la marca, pero de tamaño iba sobrado. Antes de que pidiese amparo a la interventora de Renfe –que con una amabilidad exquisita me realojó en otra ubicación del mismo vagón– la trabajadora se percató del incumplimiento de la norma e instó a esta joven a que metiese a su mascota en el transportín. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar cómo mi compañera de localidad no dejaba al animal en un sitio habilitado, sino que se colocaba el mamotreto sobre sus piernas saliendo de Chamartín. Tenía la esperanza de que se bajase en Segovia o Valladolid –Palencia o León a lo sumo–, pero aguantó estoicamente en la misma posición hasta llegar al apeadero que padecemos desde hace ya más de una década en la capital marítima del Principado. Óscar Puente debería regalarle un buen puñado de "renfecitos" o al menos un par de trayectos de larga distancia sin retraso alguno por su heroicidad. Y eso que el perro no ladró ni una vez.
Esta escena kafkiana, porque me niego a dar por racional eso que dicen de que "para mí es como si fuese mi hijo", contrasta y mucho, por ejemplo, con el gijonés que decidió esta semana tomarse la justicia por su mano cuando una gaviota le atacaba en una terraza de la calle Corrida. Claro está que hay formas y formas, y que según los testigos este hombre se ensañó estrangulando y golpeando contra el suelo al pájaro. Pero es normal que los ciudadanos empiecen a estar hartos de la plaga de palomas y patiamarillas y de que solo se pueda contener su población porque si no protesta no se qué grupo con redes sociales. Entre llevar a una mascota en brazos cuatro horas o sentarla a la mesa, la de casa o la de un restaurante, y defenderse del ataque de un animal, aunque eso te lleve al calabozo como ha ocurrido, la elección es más sencilla que un debate entre Morante y Roca Rey.
El mejor ejemplo de equilibrio entre el ser humano y el mundo animal lo ejemplifica el Acuario de Poniente, que esta semana sopló las velas de su veinte aniversario. Muy atrás quedan aquellos tiempos en los que había voces que llamaban "la pecerona" a esta instalación que hoy es un referente internacional en conservación, investigación y divulgación gracias al equipo que lideran Alejandro Beneit y Susana Acle. Seguro que esos críticos hubiesen maniobrado el jueves para salir en la foto. Nada nuevo. Saben bien en el Bioparc que uno puede desvivirse por las focas y tortugas –últimas "huéspedes" del Centro de Recuperación de Animales Marinos de Asturias– e investigar en beneficio de la naturaleza y servir un exquisito tartar de atún rojo en el Kraken. Al menos ellos entendieron "El rey león".
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