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Opinión | Crónicas de barrio

Crónica de lo pequeño

Estoy aquí sentado ante mi mesa, en medio de mi despacho, en el segundo piso de mi casa. Me gusta este rincón; es amplio, luminoso, con el techo blanco y limpio, y las paredes de un tono beis que me transmite mucha paz.

A mi alrededor descansan mis cosas de siempre: en los rincones de mi despacho, tengo la Biblia sobre su mesita, un espejo, un barco, unos los libros y, en un armario pequeño de cristal, ese viejo cáliz de plata junto a un copón ya retirado del servicio. También veo dos sofás verdes y dos sillas tapizadas de rojo que esperan en silencio, mientras la luz del día me entra templada por la izquierda.

Abajo corre la calle Instituto, larga y estrecha, con sus farolas enhiestas. Al mirar por la ventana veo los tejados viejos, callados, que parecen esconderse de la gente, y un cielo plomizo, un poco triste, que hoy se ha quedado sin nubes. Son las diez de la mañana y la ciudad empieza a vivir tras la tregua de la noche.

Ya han sonado las campanas, lentas, seguras, ha pasado el autobús puntual y una moto ha roto la calma con su ruido. Mientras tanto, mis amigas las palomas hacen su ronda de siempre por el barrio.

Llevo ya veinte minutos escribiendo con mi pluma estilográfica roja. No busco grandes hazañas, la verdad; prefiero fijarme en las cosas corrientes de mi calle y en las gentes sencillas que me rodean.

En mis hojas apunto el andar de Pachu, el sacristán, la bondad de Herminio o la sencillez de don Pablillo, esos madrugadores fieles a la misa primera. Y pienso en el regalo de esas mujeres que siempre ayudan con una sonrisa: Chitina, Carmen, Ana, María, Ángeles, Gema, Amor.

A mí, querido lector, lo que me gusta contar son estos detalles insignificantes, las cosas pequeñas y las gentes con las que hablo todos los días. Al final, es ahí donde la vida auténtica late de verdad.

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