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Opinión | Crónicas de barrio

El Korinto, donde el café sabe a barrio

Gijón amanece con ese bochorno de agosto que invita a buscar la sombra, como si el sol tuviera prisa por conquistar cada rincón de la ciudad. El asfalto ya brilla en la calle. El sacristán Pachu se abanica con el periódico bajo el brazo y me acompaña hasta el café de siempre, donde nunca cabe un alfiler y, sin embargo, siempre cabe uno más.

Veo las mesas llenas, las chaquetas ligeras de lino colgadas en los respaldos, el humo leve del café recién servido. Cuatro mujeres detrás de la barra gobiernan el mostrador con destreza de capitán veterano. Bárbara es el alma: no necesita alzar la voz para que todo funcione. Una mirada suya ordena la espuma del chocolate, la fila de las tostadas, el ir y venir de los dos euros exactos que cambian de mano con disciplina de mercado antiguo.

Oigo el rumor espeso de medio centenar de gargantas. Se habla alto, muy alto, porque el local es pequeño y la vida es grande. Hay que inclinarse para escuchar, acercar la oreja como quien se arrima a la tele que está “encendida”. A mi lado Pin, el cura de la Purisima, pide un café; otro golpea el mármol con los nudillos para pedir la cuenta; alguien defiende al Sporting con la solemnidad de un ministro.

Un señor me cede el periódico sin ceremonia. “Para el cronista”, dice, y sonríe como quien cumple un deber cívico. En la terraza, pese al calor, la tertulia no se rinde: Gijón sale a la calle para decir que la ciudad está viva, que el café y el chocolate del Korinto sostienen el pulso de la mañana y que el ruido, a veces, también forma parte del barrio.

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