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La Cultura que pisa la calle

Vuelve la Semana Negra y, con ella, una de esas discusiones tan gijonesas como la humedad, el Sporting o la eterna promesa de la estación intermodal. ¿Qué es exactamente la Semana Negra? ¿Una feria? ¿Un festival literario? ¿Un espacio cultural? ¿Un lugar donde comprar libros, comer algo, escuchar una charla o discutir si aquello sigue siendo lo que fue?

Quizá la respuesta más honesta sea también la más sencilla: la Semana Negra es todo eso a la vez. Y precisamente ahí, en esa mezcla imperfecta, incómoda para quienes necesitan clasificarlo todo, reside buena parte de su valor. La Semana Negra es una gran expresión de la realidad de lo que somos: seres maravillosamente imperfectos. La cultura, cuando se pone demasiado fina, corre el riesgo de quedarse sola. Encerrada en espacios donde solo entra quien ya sabe cómo comportarse, qué decir, qué callar o cómo mirar el programa sin sentirse fuera de lugar. Espacios necesarios, por supuesto. Benditos sean los teatros, las bibliotecas y los museos donde el silencio también educa. Pero una ciudad necesita algo más. Necesita lugares donde la cultura se manche de arena, donde conviva con el ruido de los cachivaches, con el olor a pulpo, con quien va buscando un libro y con quien no sabía que podía encontrarse con uno.

Eso ha tenido siempre la Semana Negra. Una capacidad extraña para mezclar mundos que demasiadas veces caminan separados. El lector voraz y quien se acerca por casualidad. El autor reconocido y la familia que solo quería dar una vuelta. La novela negra, el cómic, la política, la música, la feria, el chigre portátil y la conversación inesperada. Puede gustar más o menos. Puede haber cosas que mejorar. Seguro que las hay. Pero no deberíamos despreciar con tanta alegría los espacios que todavía permiten que personas distintas compartan un mismo lugar. En estos tiempos en los que casi todo se segmenta, se etiqueta y se convierte en producto para públicos perfectamente calculados, la Semana Negra conserva algo valioso: cierta vocación de desorden democrático. No pregunta quién eres. No exige solemnidad. No convierte la cultura en un examen. La pone ahí, al alcance de quien quiera rozarla, aunque sea entre una carpa, una charla, una noria o un bocata.

Gijón necesita esa cultura. La que pisa la calle. La que no se avergüenza de mezclarse con la vida. La que entiende que leer, pensar, debatir o imaginar no debería ser patrimonio de unos pocos ni quedar reservado a quienes ya vienen convencidos de casa. Cuidar la Semana Negra no significa convertirla en pieza de museo ni aplaudirla sin matices. Significa reconocer que una ciudad también se construye con esos espacios donde la cultura deja de mirar desde arriba y se sienta al lado de cualquiera.

Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.

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