Opinión | Palabras con silencios
El cisma lefebvriano
Hace tiempo, en concreto, treinta y ocho años que venía rondando. Se consumó por segunda vez este miércoles 1 de julio, por la misma razón que se había consumado anteriormente, el 6 de mayo de 1988: entonces y ahora por la consagración de 4 obispos sin mandato y desobedeciendo al sumo Pontífice que todavía el día de San Pedro, les escribía suplicándoles: “Lleno de afecto cristiano, les ruego y les pido de todo corazón: ¡Rectifiquen!”. Sorprendentemente el Superior General de la Fraternidad, hoy Davide Plagiarani, le contesta con ironía afectuosa que: “Lejos de nosotros la idea de separarnos de la Iglesia romana, al contrario deseamos servirla por medios extraordinarios, como se ayuda a una madre en dificultades que necesita un socorro especial…”. En definitiva que ellos están en la verdad y la equivocada en la Iglesia de preside ahora el agustino Prevost y que por eso “desde hace tiempo, incluso ante de su elección, rezo a Santa Rita por la situación actual”, añade. No olvidemos que la santa agustina es invocada abogada de imposibles.
La Fraternidad Sacerdotal fue fundada por el religioso francés misionero en Gabón y luego arzobispo en Dakar-Senegal, Marcel Lefebvre (1905-1991), en Econe-Friburgo en 1970, donde creó un seminario para sus nuevas vocaciones. No deja de ser un caso paradigmático, ya que participa en los preparativos y en la celebración delConcilio Vaticano II, firmando todas sus constituciones, decretos y declaraciones, aunque perteneciendo a la minoría conservadora que se opuso a toda reforma conciliar litúrgica y doctrinal. Finalizado el concilio inicia su desafío aferrándose a la liturgia tridentina y al misal de San Pio V, no reconociendo la Constitución Lumen Gentium y la Declaración sobre Libertad Religiosa. Fue la espina dolorosa de San Pablo VI que hizo todo lo posible por lograr un entendimiento, incluso nombrando una comisión, pero al final, después de una tensa entrevista en Castel Gandolfo, se vio obligado a “suspenderlo a divinis”. Con San Juan Pablo II tuvo dos fases en su comportamiento. Una primero de acercamiento, reconociendo su elección; una segunda en la que siendo Prefecto de la Doctrina de la Fe J. Ratzinger, llegaron a firmar el 4 de mayo de 1988 un protocolo en el que prometía ser “siempre fieles a la Iglesia Católica”, y que, algo insólito, traicionaría solo dos días más tarde, el 6 de mayo, con la consagración de 4 obispos sin consentimiento del papa, lo que le causó la excomunión “latae senticiae”. Con Rartzinger, años más tarde, en 2009, siendo éste papa Benedicto XIV, obtuvo ciertos reconocimientos litúrgicos y sobre todo, el levantamiento la excomunión. La situación volvió en crisparse con Francisco que restringió la celebración de la forma tridentina. Con el nuevo papa León XIV se tensó todavía más la situación al anunciar la Fraternidad (manchado su nombre) ya en marzo pasado la consagración de otros 4 obispos sin el debido reconocimiento de la Sede Apostólica. El diálogo fue imposible.
Triste historia que, a veces, por la soberbia espiritual de algunos, se da en la Iglesia, en la que Jesucristo insistentemente rogó por la unidad. Y trago amargo para el comienzo, herido por el cisma, de la misión esperanzadora del papa León.
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