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Descanso en verano

Llegadas estas fechas veraniegas no hay medio de comunicación que evite las recomendaciones turísticas de lugares paradisiacos, dentro y fuera de este país donde tus vacaciones o tus fotos para Instagram , que suelen ser primer objetivo de muchas personas, sean inigualables.

La realidad nos hace encontrarnos con otra situación, y donde estaba la playa maravillosa hay un mar de sombrillas y toallas en el que hay que conquistar un espacio para poner los pies; donde estaba el encantador pueblo de montaña con lugareños muy "típicos" hay hoteles , desayunos brunch y gente llenando las terrazas de la plaza Mayor. Porque si te recomiendan un viaje lo haces, porque hasta Benito Antonio , el cantante al que Zara convirtió en la imagen para vestir de colores brillantes a los señores, recomienda nada menos que Nueva York en verano, que ya es mucho arriesgar.

Y así el verano se convierte en un examen de resistencia. En los meses previos para elegir el mejor sitio al mejor precio posible con las mejores fotos posibles. Elegido el lugar recomendado la resistencia es a la competencia por el espacio, no importa que sea arena o la vista de la iglesia románica, a la búsqueda de la experiencia única prometida cuando la oferta se iguala en comida, alojamiento y recuerdos que comprar y la resistencia del propio cuerpo al stress que todo ello comporta, de forma que vuelves de vacaciones necesitando lo de verdad: una semana de descanso en el pueblo con el único objetivo de dormir y no ver a casi nadie.

Hace ya tiempo que algunas personas que conozco buscamos lugares poco transitados para esa semana de pueblo, sobre todo las que ya no tenemos pueblo. Lugares que no tienen fama pero sí descanso, lugares que no tienen las comodidades del turismo organizado pero sí olor a panadería, terrazas de sillas de plástico y conversación con un café y sin prisa. Necesitamos ese espacio porque nos lleva a otros momentos, en una vuelta a la nostalgia del espacio perdido en mi caso, de vacaciones de verano eternas, de baños en el agua helada del río, de tortilla en fiambrera, sillas plegables y mesa de camping, juegos de noche en la calle y desayuno de leche recién hervida con colacao.

Es nostalgia pero también es proyecto y confianza en poder encontrar un espacio parecido que sustituya esos recuerdos por un presente menos masivo, menos invasivo del tiempo libre, menos programado por el marketing, menos fotografiado, menos público. Y puede que , siendo optimistas, ese sea el turismo del futuro frente a los problemas que ocasionan los pisos turísticos, la gentrificación de las ciudades y el incremento de servicios básicos para mantener el espacio público decente. También es rentable para la industria turística hacer que las vacaciones sean un momento de descanso y convivencia, puede que hasta más que trasladar de un lugar a otro a personas con un móvil en la mano.

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