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Un siglo mirando al mar Cantábrico

Son las once y media de una mañana de sol pesante y sal. El cielo gijonés cae sobre el puerto deportivo como el humo de un cigarrillo apagado a medias. El aire acaricia con un viento agradable, oliendo a humedad y a tiempo muerto. En mitad de esta geografía del hastío urbano se yergue el reloj testigo viejo de la plaza, un dandi de hierro que contempla el lento fluir de los hombres que miran los mástiles erectos del puerto.

De fondo, herido y asmático, cruje un camión de pescado mientras un guía turístico le vende Gijón a veinticinco almas dóciles durante dos horas exactas. El suelo del jardín es un damero existencial de baldosas de piedra lavada y hormigón estriado. Sobre este ajedrez municipal, el cronista observa la comedia humana: un solitario contempla la nada; un matrimonio maduro charla; un paisano con sombrero se refugia en su móvil y otro fuma a la sombra del espeso enebro rastrero.

Por la calzada, una mujer cruza en bicicleta con un cajón de madera atrás, rota la calma por un emigrante sin techo que tose sin parar. El centro del jardín de la Reina, lo domina el purpúreo Pruno, escoltado por palmeras canarias, yucas y cordilines con sus penachos rígidos. Bajo este pequeño oasis, una señora pasea a un Pastor Blanco Suizo, un negro bien vestido camina con elegancia y una paloma picotea junto a otra que descansa.

Para el decoro ciudadano, cinco papeleras basculantes de acero inoxidable brillan bajo la luz del día. Arriba, cinco farolas de estilo bellota vigilan el entorno, preparadas para alumbrar el WC a un turista despistado, mientras Gijón sigue oliendo a mar, a salitre y a memoria.

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