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Vente al Paralelo

Remedios frente a la desmemoria del verano y el bochorno peleón

A media mañana, el Paralelo no es un bar, sino un templo sumergido en la penumbra dorada del estío. El bochorno de estos días, que es un látigo de fuego y asfalto, se rinde al cruzar el dintel de madera astillada. El aire allí dentro es denso, un caldo de palabras suspendidas, movimiento y confidencias que flotan como polen bajo las bombillas desnudas.

José, el jefe, reina detrás de la barra con la eficacia de un dios menor y cotidiano. No despacha; oficia con el cliente. Su memoria es un registro sagrado de nombres, vecinos y olvidos. Conoce cada crujido de las mesas, cada rostro cansado que busca refugio en su terraza callejera. A su lado, los jóvenes camareros se desplazan con una coreografía perfecta, oficiantes de un teatro invisible donde la prisa es casi pecado mortal.

Mi amigo Jaime y yo tomamos un vermut como quien comulga con algo fresco del mediodía veraniego. En el vaso, el hielo gira con un tintineo de reloj herido. La sacrosanta tortilla, de un amarillo de lienzo antiguo, y las aceitunas con su amargor de tierra completan esta liturgia de la pequeña felicidad. Hablamos con la lentitud de los supervivientes, hilvanando los ayeres con la aguja fina del recuerdo, rescatando fantasmas de una juventud que ya solo habita en la ceniza de los días que se fueron.

En la esquina de la terraza, el atento cronista de este pequeño mundo apunta los silencios de estas calles en su cuaderno de azul. Aquí la vida se reconoce y se lame las heridas. Y el barrio se reúne, en el Paralelo, a las dos tarde, se rescata a sí mismo y se mantiene erguido frente a la desmemoria del verano, cansado ya de andar por estas calles poseídas por el bochorno peleón que nos invade.

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