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Opinión | Crónicas de barrio

Es rector de la Iglesiona

Un relámpago de luz acabó con Argentina

Nos temíamos lo peor en las vísperas de este encuentro, porque el fútbol de la pampa confunde a menudo la seda con el hacha. Llegaban los argentinos con una heráldica delictiva, habiendo cruzado la aduana del torneo medio robando contra Egipto con esa gracia de carterista de tranvía. Contra esa estirpe no se juega; se sobrevive.

Para colmo de sombras, compareció un árbitro eslovaco de trayectoria dudosa, de cuyo nombre no quiero acordarme para no manchar el papel. Cuando la vida se envilece en los despachos de los comités, el delito futbolero florece en el campo. Este hombre gris prefirió la ceguera voluntaria ante una infantería de patadas desatada. España dominaba con el purismo de su buen hacer, pero cada arabesco creativo era respondido por un hachazo criollo que maniataba el partido, empujándolo sin remedio hacia la prórroga.

Allí estalló la violencia visceral: un muchacho blanquiazul intentó desguazar la anatomía de Cubarsi, baluarte del Barça, provocando una expulsión que ni el cómplice silbato pudo ignorar. Con diez navajeros en el campo, Argentina se atrincheró. España, imperturbable, firmó entonces tres relámpagos de luz, aunque el colegiado se empeñara en anular dos de ellos por puras sutilezas de reglamento. Pero el fútbol, a veces, imita a la justicia.

El uno a cero definitivo de Ferrán, rotundo como un verso de fusta, rompió la resistencia bárbara y nos dio la gloria merecida. Fue el triunfo del dandy sobre el matón de arrabal. Lo vimos Pepe, Santi, don Pablillo y este cronista ante la televisión, conteniendo el aliento y celebrando con alivio cada embestida de los pibes. Al final, saboreamos la victoria de la roja frente a la pura intimidación, un brindis necesario por el balón limpio, en estos tiempos de fango.

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